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| Comentario
Hace pocos días entré en una tienda de tiroleses, y como había de fijarme en otra cosa, me fijé
en un reloj de pared y pregunté el precio.
-Quince duros -me dijo el dueño.
¡Quince duros! -repetí yo en voz baja y como dudando si me decidiría o no a comprarle.
-Es una ganga -se apresuró a añadir mi interlocutor para acabar de decidirme-. Ya ve usted, por
quince duros un reloj de péndulo. Esto acompaña por las noches.
-Esto acompaña -exclamé yo entonces-; he aquí lo que yo busco: algo que me acompañe en mis
largas horas de fastidio; algo que rompa el triste silencio de mis eternas noches de insomnio. Y
sin meterme en más averiguaciones, compré el reloj y lo llevé a mi casa. En hora aciaga lo hice.
Razón tienen los que aseguran que más vale estar solo que mal acompañado. Pero no
adelantemos el discurso. Vamos por partes, que la cosa merece ser referida punto por punto.
Llevé, como dejo dicho, el reloj a mi casa, lo colgué en mi alcoba, le di cuerda y comenzó a
moverse el péndulo.
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| Autor : Becquer Gustavo A. |
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