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Comentario
?Perdiste por completo los estribos ?dijo Martha Mackall. Esta-
ba francamente disgustada con la joven que viajaba a su lado y tardó
un momento en calmarse. Luego acercó los labios a la oreja de Aideen
para que los otros pasajeros no escucharan?. Perdiste los estribos e
ignoraste los límites. Sabes muy bien qué es lo que está en juego aquí.
Es imperdonable distraerse de esa manera.
La escultural Martha Mackall y su delgada asistente Aideen Marley
viajaban tomadas del pasamanos, cerca de la puerta delantera del óm-
nibus. Las mejillas redondas y plenas de Aideen se tornaron casi tan
rojas como su larga cabellera, mientras desgarraba con aire ausente la
toallita de papel que apretaba en la mano derecha.
?¿Estás en desacuerdo? ?preguntó Martha.
?No ?dijo Aideen.
?Pero... ¡Dios santo, Aideen!
?Dije que no ?repitió la chica?. No estoy en desacuerdo. Me
equivoqué. Me equivoqué absoluta y completamente.
Aideen estaba convencida de lo que decía. Se había dejado llevar
por el impulso en una situación que probablemente tendría que haber
ignorado. Pero, al igual que la desmesurada reacción de Aideen unos
minutos antes, la reconvención de Martha era excesiva y punitoria. En
los dos meses transcurridos desde que Aideen se había integrado a la
Oficina Política y Económica del Op-Center, los otros tres miembros del
staff le habían advertido más de una vez que evitara hacer enojar a la
jefa.
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