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| Comentario
Ninguno de los dos estaba mirando el programa con demasiado interés cuando por
primera vez noté algo raro. Yo estaba echado frente al fuego con mi crucigrama,
gozando del calor y tratando de resolver el 17 vertical (¿Qué indicaban los relojes
antiguos?: 6,7) mientras Helen cosía el dobladillo de una vieja enagua y sólo alzaba la
vista cuando uno de los actores, un joven de enormes mandíbulas, cuello robusto y voz
de bajo, suspiraba virilmente. La obra era «Hijos míos, hijos míos», uno de esos
melodramas que el Canal 2 transmitía los jueves por la noche durante los meses de
invierno, y ya hacía una hora que había empezado; habíamos llegado a ese momento
del Acto 3, Escena 3, poco después que el viejo granjero se da cuenta de que sus hijos
ya no lo respetan. La obra debía de haber sido filmada, y fue muy gracioso pasar de los
gemidos entrecortados del viejo a la secuencia de quince minutos antes, cuando el hijo
mayor se golpea el pecho y hace declaraciones altisonantes. Había un técnico distraído,
sin duda
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