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ESPECTACULO DE MARIONETAS


 
Comentario
El horror se abatió sobre Cherrybell poco después del mediodía de un día de agosto sumamente caluroso. Quizá sea una redundancia; cualquier día de agosto en Cherrybell, Arizona, es sumamente caluroso. Se encuentra junto a la carretera 89, a unos sesenta kilómetros al sur de Tucson y cuarenta y cinco kilómetros al norte de la frontera mexicana. Se compone de dos gasolineras, una a cada lado de la carretera para abastecer a los viajeros que van en ambas direcciones, una tienda de artículos diversos, una taberna que sólo tiene licencia para vender cerveza y vino, un atrayente establecimiento para los turistas que no pueden esperar a haber cruzado la frontera para empezar a comprar sarapes y huaraches, un desierto puesto de hamburguesas, y una cuantas casas de adobe habitadas por americano-mexicanos que trabajan en Nogales, la ciudad fronteriza enclavada un poco más al sur, y que, por Dios sabe qué razón, prefieren vivir en Cherrybell y viajar, algunos de ellos, en «Fords», modelo T. El letrero de la carretera dice, «Cherrybell, Pop. 42», pero el letrero exagera; Pop falleció el año pasado - Pop Anders, que regentaba el ahora desierto puesto de hamburguesas - y el número correcto es el 41. El horror llegó a Cherrybell montado en un burro que guiaba un anciano y sucio prospector de barba gris que después - al principio nadie se molestó en preguntarle su nombre - afirmó llamarse Dade Grant. El nombre del horror era Garth. Debía de medir unos dos metros setenta de estatura, pero era un hombre tan delgado que no podía pesar más de cuarenta y cinco kilos. El burro del viejo Dade le llevaba fácilmente, a pesar del hecho de que sus pies arrastraron por el suelo a ambos lados. Le había arrastrado sobre la arena del desierto, pues, como después se descubrió, más de ocho kilómetros no habían causado el menor desperfecto en los zapatos, más parecidos a botas altas, que constituían todo lo que llevaba a excepción de unos calzones muy anchos de color azul verdoso. Pero no eran sus dimensiones lo que le confería un aspecto tan repulsivo; era su piel. Parecía roja, y en carne viva. Parecía que le hubieran despellejado vivo, quitando toda su piel y colocándola al revés. Su cabeza, su cara, eran igualmente estrechas y alargadas; a no ser por eso habría parecido humano... o, por lo menos, humanoide. A menos que se tomaran en cuenta otros detalles, como el hecho de que tenía el pelo del mismo color azul verdoso que los calzones, así como los ojos y las botas. Rojo sangre y azul claro.
Autor : Brown Fredric
 
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