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Comentario
A H O R A
que ya soy viejo no puedo evocar este libro sin que su rastro se me pierda en el pasado. A veces,
cuando estoy en la cama por la noche una frase, un párrafo o un personaje de esta obra temprana se apoderan
de mí y en un estado semionírico me entretejen el melodioso recuerdo de un antiguo dormitorio de Colorado, o
de mi madre, o de mi padre, o de mis hermanos y mi hermana. No creo que lo que escribí hace tanto tiempo me
reporte la paz de estas fantasías, pero tampoco tengo ánimo suficiente para mirar atrás, para abrir esta novela
primeriza y leerla otra vez. Tengo miedo, no soporto que mi propia obra me desnude. Estoy seguro de que
nunca volveré a leerla. También estoy seguro de otra cosa: todas las personas de mi vida literaria, todos mis
personajes se encuentran en esta obra de juventud. En ella no queda ya nada de mí mismo -sólo un recuerdo de
antiguos dormitorios y el rumor de las zapatillas de mi madre al dirigirse a la cocina
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