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Comentario
Si hace su aparición un hombre vestido como un paleto y con aires de ser el amo del
lugar, no cabe la menor duda de que nos hallamos ante un piloto espacial.
Se trata de una deducción lógica. Su profesión hace que se sienta el rey de la
Creación; para él, poner los pies en tierra significa codearse con patanes. Y por lo que
respecta a su forma de vestirse, tan falta de elegancia, no es de extrañar que un
hombre que va de uniforme la mayor parte del tiempo y que está más habituado a vivir
en el espacio abierto que en la civilización, ignore todo lo referente a la moda
masculina. Obviamente, constituye una presa fácil para los mal llamados “sastres”, que
invaden todos los espaciopuertos vendiendo “trajes para tierra”.
Al momento me di cuenta de que el individuo alto y corpulento que acababa de
efectuar su entrada había sido vestido por Omar, el fabricante de tiendas de campaña.
No cabía error posible: hombreras acolchadas y demasiado grandes, pantalones tan
cortos que al sentarse dejaban al descubierto buena parte de sus velludos muslos, y una
camisa arrugada que le hubiera sentado mucho mejor a una vaca.
No obstante, me guardé mis opiniones y con el último medio imperial que me
quedaba le invité a un trago, pensando que hacía una buena inversión, ya que los pilotos
espaciales tienen fama de no ser precisamente avaros con su dinero.
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