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Comentario
Al principio, el asunto referente a la linotipia de Ronson fue muy divertido. Pero empezó
a resultar desagradable mucho antes del final. Y, pese al hecho de que Ronson no
saliera perjudicado, jamás le habría enviado al hombrecillo del grano, si hubiera podido
adivinar lo que iba a suceder. Por muy fabulosos que fueran los beneficios, el pobre
Ronson tuvo demasiadas preocupaciones.
- ¿Es usted el señor Walter Merold? - preguntó el hombrecillo del grano. Se había
presentado en el hotel donde yo vivía preguntando por mí, y yo dije que subiera a mi
habitación.
Admití mi identidad, y él prosiguió:
- Me alegro de conocerle, señor Merold. Yo soy... - y me dijo su nombre, que ya he
olvidado, aun cuando suelo tener buena memoria para los nombres.
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