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Comentario
(«El hombre dijo a la oveja...»)
Godofredo Daireaux
Godofredo Dalreaux, autor del original y curioso libro que va a leerse, puede, en cuanto escritor, ser reivindicado por
los argentinos como compatriota.
En efecto, nacido en París en 1849, antes de los veinte años desembarcaba en Buenos Aires, para asociarse a la
vida de este pueblo nuevo, y seguir -cooperando directa o indirectamente en él-, su desarrollo material e intelectual.
Su espíritu y su carácter le permitieron amoldarse muy pronto a su segundo centro de actividad, y se connaturalizó
con nosotros hasta ese punto avanzado que, si excluye la tibieza, no elimina el sentido crítico: el cariño razonado y
fecundo, no la pasión ciega.
Daireaux no venía a Buenos Aires a escribir, en realidad de literato de importación: buscaba campo en que ejercitar
sus fuerzas de luchador, y creía hallarlo amplio y proficuo en estas tierras cuasi vírgenes, recién visitadas por la
civilización. Pero ya había en él -porque esto no se hace artificialmente- un artista pronto a la emoción de las cosas
exteriores y de los sentimientos internos, y dispuesto a recoger, quizá instintivamente, los ricos materiales que se le
brindaban al paso y que más tarde había de modelar con tanta maestría. Y su talento de observador sagaz, su vista
clara y penetrante, su criterio agudo y bondadoso, su filosofía -mezcla positivista de optimismo y pesimismo-, se pusieron
a la obra desde el primer momento.
Y esa connaturalización íntima -se ve en cada página que escribe, el amor de Daireaux a esta su segunda patria- es
lo que permite reivindicarlo como escritor argentino.
Desde los primeros momentos el campo lo atrajo como la gran usina en que se elaboraba el porvenir material de este
país, como la fuente de riqueza que nos permitiría más tarde dar libre vuelo a nuestras ambiciones intelectuales, y
también como un centro de «objetivación» original, peculiarísimo, lleno de la poesía de los hombres primitivos e
ingenuos, y de la que rebosa de los espectáculos de una naturaleza grande y melancólica, primitiva e ingenua también.
Poco tiempo después de su llegada, en 1872, la pampa comenzó a verlo cruzar frecuentemente a caballo, fraternizar
con sus hijos, interesarse por sus peculiaridades. El rancho, los cañadones, las colinas, las sabanas tendidas hasta el
confín del horizonte sin una inflexión, la fogata del campamento improvisado, en que la llama barniza la cara atezada del
gaucho y enreda sus luces en las barbas negras y pobladas, los bañados llenos de un hervidero de vida invisible, las
fantásticas puestas de sol, todo, todo fue revelándole sus misterios y familiarizándose con él. Parecía como que hombres
y cosas, en ese estado ingenuo y sin preocupaciones, con el instinto infantil, adivinaban al amigo, preveían al cantor de
sus bellezas y bondades.
Y en esa frecuentación, Daireaux desarrolló en sí mismo dos entidades: la del hombre práctico que ha podido realizar
obras tan útiles como La Cría del Ganado y el Manual del Agricultor Argentino -verdaderos libros de texto para nuestros
estancieros y agricultores-, y la del artista enamorado del elemento plástico y peculiarísimo que le proporciona nuestro
país -suyo también ahora-, y capaz de modelarlo de sintetizar su belleza, de poner en pleno relieve su originalidad.
Por esto, no es un francés que pinta lo que ha visto en tierras extrañas; es un compatriota que, educado lejos del
país, ha podido hacer comparaciones y ver mejor sus cualidades, sus defectos, su hermosura y su fealdad, su
originalidad en fin.
Como tiene a su disposición un estilo claro, pintoresco, espiritual; como en sus páginas vaga una sonrisa de crítica
benévola; como sus descripciones de la naturaleza son vivas, exactas y sugerentes; como hombres y animales brotan
con todo su carácter de su pluma -sus libros criollos lo colocan en primera fila entre los escasos cultivadores del género.
Nunca pinta de chic, al capricho de la imaginación, sino del natural y perfectamente documentado.
En sus Tipos criollos, frondosa colección de ciento cincuenta cuadritos animados y paisajes llenos de luz, de color y
de verdad, hay páginas de admirable limpidez en que parecen palparse las cosas, tocarse los hombres, aspirarse el
ambiente pampeano.
Y nada de fotografía. Nada de amontonamiento de inútiles detalles, en que todos los planos tienen igual valor. No,
sino la síntesis artística, que encanta por su sencillez, y en que lo superfluo se desvanece en las penumbras o se pierde
en la sombra. La inspiración de la facilidad aparente que hace decir a menudo:
-¡Eso yo también lo escribiría!
Y una frescura, un sabor, un entusiasmo entre líneas, que hace creer que el autor es un joven de veinticinco años, no
un hombre maduro, desencantado por la experiencia, ocupado en frías y graves tareas. Pero, quién sabe si Daireaux no
conserva y no conservará por mucho tiempo todavía, la inmarcesible juventud del alma que suele ser dote de los
verdaderos artistas.
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