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Comentario
Erase una vez un inventor que continuamente ideaba y construía extraordinarios
aparatos. Construyó una máquina pequeñísima que cantaba maravillosamente y a la que
dio el nombre de pajarolezna. Se hizo un sello con un corazón y ponía esta marca a cada
átomo que salía de sus manos, que luego para asombro de los sabios que en sus análisis
espectrales atómicos descubrieron aquel reluciente corazoncito.
Este gran inventor construyó muchas máquinas muy útiles, grandes y pequeñas, y
hasta se le ocurrió la idea realmente insólita de asociar en una sola cosa la muerte y la
vida para así conseguir lo inalcanzable. Decidió crear unos seres racionales a partir del
agua, pero nada de espantosos cuerpos blandos y húmedos. Lo que deseaba era crear
con el agua unos seres realmente hermosos e inteligentes, es decir, cristalinos.
Buscó un planeta, muy alejado de todos los soles, de cuyo helado océano extrajo unos
enormes bloques de hielo con los cuales esculpió a los Criónidas, los nuevos seres por él
imaginados.
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