 |
|
| Comentario
Wayne Crowder se llamaba a sí mismo un hombre poderoso. Aquellos que le conocían
mejor (aunque no había nadie que le conociese verdaderamente bien) utilizaban
adjetivos hasta cierto punto lisonjeros para él. Era, según decían estas personas, un
hombre frío e implacable; un hombre de voluntad de hierro e inflexible decisión; un
hombre cuyo corazón corría, parejas con su mandíbula de granito. No es que fuese
astuto, inmoral o injusto. Solamente era duro. Un hombre que quería las cosas a su
manera... y las conseguía.
En una época que ve más el naufragio que el triunfo de las fortunas, Crowder demostró
su habilidad y talento enriqueciéndose. Aun en estos días en que tan duro precio hay
que pagar por todo, un hombre atrevido y resuelto que no admite obstáculos puede
conseguirlo. Wayne Crowder lo consiguió. Patentó un sencillo artículo doméstico de uso
general, lo vendió a un precio irrisorio que hizo trizas a todos los posibles competidores,
y se convirtió en un multimillonario a pesar de los astronómicos impuestos que tenía
que pagar al Departamento de la Renta Nacional. Se construyó un orgulloso
rascacielos, en cuya cumbre instaló su despacho particular. Vivía en las nubes, tanto en
el sentido figurado como en el verdadero. Sus empleados eran subordinados en el
verdadero sentido de la palabra
| |