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Comentario
De cómo el narrador de nuestra fascinante historia salió de su hotel en Bruselas, de
las cosas que vio por la calle y de lo que le pasó en la estación de ferrocarril.
La reunión de Bruselas del Tribunal Russell II había terminado a mediodía, y el
narrador de nuestra fascinante historia tenía que regresar a su casa de París, donde
lo esperaba un trabajo bárbaro, razón por la cual no tenía demasiadas ganas d e
volver; esto explicaba su tendencia a demorarse en los cafés, mirar a las chicas que
paseaban por las plazas y revolotear por todas partes como una mosca en vez de
encaminarse a la estación.
Ya tendría tiempo en el tren para reflexionar sobre lo sucedido en esa dura
semana de trabajo; por el momento sólo le había interesado cerrar los ojos del
pensamiento y dedicarse a no hacer nada, cosa que según él merecía de sobra. Le
encantaba la vagancia por una gran ciudad, deteniéndose en las vitrinas, tomándose
un café o una cerveza cada tanto en lugares donde la gente hablaba de otras cosas y
vivía de otra manera, y sobre todo mirando a las chicas belgas, que como todas las
demás chicas de este mundo eran esencialmente mirables y admirables. Fue así
como nuestro narrador pasó largas horas derivando, caboteando, orzando y anclando
en diferentes lugares de Bruselas, hasta que bruscamente entre dos tragos de una
ginebra y la pitada al cigarrillo que se situaba exactamente entre los susodichos
tragos, se dio cuenta de algo curioso: la presencia inconfundible de una multitud d e
latinoamericanos en los lugares más diversos de la ciudad.
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