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Comentario
He hecho unas pocas cosas y ganado un poco de dinero. Quizás incluso haya tenido
tiempo para empezar a pensar que soy mejor de lo que podrían sugerir los beneficios que
recibo, pero cuando estimo el alcance de mi pequeña carrera (un hábito apresurado, pues de
ninguna manera ha terminado) sitúo mi verdadero punto de partida en la noche en que
George Corvick, sin aliento y afligido, vino a pedirme un favor. El había hecho más cosas
que yo, y ganado más dinero, aunque había oportunidades para la inteligencia que, según mi
opinión, a veces desaprovechaba.
No obstante, esa noche sólo pude decirle que nunca perdía una oportunidad de
mostrar su bondad. Casi entré en estado de éxtasis al proponerle que preparase para The
Middle, el órgano de nuestras lucubraciones, llamado así por la ubicación en la semana de su
día de aparición, un artículo por el cual se había hecho responsable y cuyo material, atado con
un grueso hilo, dejó sobre mi mesa. Me abalancé sobre mi oportunidad; es decir, sobre el
primer volumen de ella, prestando escasa atención a las explicaciones de mi amigo sobre su
pedido. ¿Qué explicación podía ser más adecuada que mi obvia idoneidad para la tarea?
Había escrito sobre Hugh Vereker, pero ni una palabra en The Middle, donde sobre todo me
ocupaba de las damas y los poetas menores. Esta era la nueva novela de Hugh Vereker, las
pruebas de página de un ejemplar que todavía no había salido, y significara eso mucho o poco
para la reputación de su autor, inmediatamente me resultó claro cuánto significaría para la
mía. Además, si siempre había leído todo lo que había podido conseguir de Vereker, ahora
tenía una razón particular para desear hacerlo: acababa de aceptar una invitación a Bridges
para el domingo siguiente, y en la nota de lady Jame se mencionaba que el señor Vereker iba
a estar allí. Era lo bastante joven como para sentirme inquieto ante perspectiva de
encontrarme con un personaje de su renombre, y lo bastante ingenuo como para creer que la
ocasión me exigiría manifestar familiaridad con su "última",
Corvick, que había prometido hacer una reseña del libro, ni siquiera había tenido
tiempo de leerlo. Estaba desesperado a consecuencia de los hechos que -según me dijo en
una reflexión precipitada- le exigían viajar esa misma noche a París.
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