 |
|
Comentario
Cuando torcí en la calle del pueblo y entré en la carretera principal había un camión
detrás de mí. Era uno de esos grandes camiones con remolque e iba realmente rápido. El
límite de velocidad era de 45 kilómetros por hora en ese tramo de carretera, que cruzaba
un extremo del pueblo, pero a esa hora de la mañana no era razonable esperar que nadie
prestara atención a una señal de limitación de velocidad.
No me fijé demasiado en el camión. Iba a detenerme aproximadamente un kilómetro y
medio más adelante, en el Johnny's Motor Court para recoger a Alf Peterson, que estaría
esperándome, con sus aparejos de pesca preparados. Y tenía también otras cosas en
que pensar - sobre todo en el teléfono y me preguntaba quién había llamado -. Distinguí
tres voces y todo fue muy extraño, pero tenía la sensación de que podía haber sido una
voz, modificada a las mil maravillas para hacer tres voces, y de que reconocería esa voz
básica si tan sólo pudiera situarla. Y estaba Gerald Sherwood, sentado en su estudio, con
dos paredes forradas de libros, hablándome de los proyectos que habían tomado forma,
sin buscarlo, en su cerebro. Además de Stiffy Grant, que suplicó que no les dejara usar la
bomba. Eso, por no mencionar la cuestión de los 1.500 dólares.
Carretera arriba se encontraba la residencia de los Sherwood, que se alzaba en lo alto
de la colina, aunque casi oculta al romper el día, por la enorme masa de los robles que
crecían alrededor de toda la edificación. Al mirar la colina, me olvidé del teléfono y de
Gerald Sherwood con su cabeza atestada de proyectos en su estudio forrado de libros, y
pensé en Nancy y en cómo había vuelto a encontrarme con ella, después de todos esos
años transcurridos desde el instituto. Recordé aquellos días en que caminábamos de la
mano, con un orgullo y una felicidad que no volverían, que sólo aparecen una vez; cuando
el mundo es joven y el primer e intenso amor de juventud es puro y maravilloso.
La carretera que tenía por delante era clara y amplia; los cuatro carriles continuaban
durante otros treinta kilómetros más o menos antes de reducirse a dos. No circulaba nadie
en la carretera excepto un camión, que iba detrás de mí y avanzaba con bastante rapidez.
Al ver los faros en mi retrovisor, entendí que dentro de un instante se desviaría para
adelantarme.
Yo no conducía deprisa y sobraba espacio para que el camión me adelantara, no había
ningún obstáculo y, entonces, choqué contra algo.
Fue como chocar con una fuerte goma elástica. No se oyó ruido ni estrépito algunos. El
coche comenzó a disminuir de velocidad como si yo hubiera frenado. No podía ver nada y
por un momento creí que le había sucedido algo al coche, que el motor se había
estropeado, que los frenos se habían bloqueado, o algo por el estilo. Retiré el pie del
acelerador y el coche se paró. Luego empezó a deslizarse hacia atrás, cada vez más
aprisa, exactamente como si hubiera chocado con esa goma elástica y ahora ésta
regresara bruscamente a su posición. Puse punto muerto porque olía a caucho mientras
los neumáticos chirriaban sobre la carretera, y, tan pronto como quité la marcha, el coche
salió despedido hacia atrás tan deprisa que fui arrojado contra el volante.
Detrás de mí, la bocina del camión sonó frenéticamente y los neumáticos aullaron
sobre el asfalto al tiempo que el conductor hacía girar su vehículo para evitarme. El
camión emitió un silbido al sobrepasarme a toda velocidad y, debajo del silbido, pude oír
el caucho de los neumáticos rozando el firme, y todo él retumbaba furioso conmigo por
causarle este problema. Entonces, cuando me adelantaba como un rayo, mi coche se
detuvo en la cuneta.
| |