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Comentario
LA FUERZA DE LA SANGRE
Una noche de las calurosas del verano, volvían de recrearse del río en Toledo un anciano
hidalgo con su mujer, un niño pequeño, una hija de edad de diez y seis años y una criada. La
noche era clara; la hora, las once; el camino, solo, y el paso, tardo, por no pagar con
cansancio la pensión que traen consigo las holguras que en el río o en la vega se toman en
Toledo.
Con la seguridad que promete la mucha justicia y bien inclinada gente de aquella ciudad,
venía el buen hidalgo con su honrada familia, lejos de pensar en desastre que sucederles
pudiese. Pero, como las más de las desdichas que vienen no se piensan, contra todo su
pensamiento, les sucedió una que les turbó la holgura y les dio que llorar muchos años.
Hasta veinte y dos tendría un caballero de aquella ciudad a quien la riqueza, la sangre ilustre,
la inclinación torcida, la libertad demasiada y las compañas libres, le hacían hacer cosas y
tener atrevimientos que desdecían de su calidad y le daban renombre de atrevido. Este
caballero, pues (que por ahora, por buenos respectos, encubriendo su nombre, le llamaremos
con el de Rodolfo), con otros cuatro amigos suyos, todos mozos, todos alegres y todos
insolentes, bajaba por la misma cuesta que el hidalgo subía.
Encontráronse los dos escuadrones: el de las ovejas con el de los lobos; y, con deshonesta
desenvoltura, Rodolfo y sus camaradas, cubiertos los rostros, miraron los de la madre, y de la
hija y de la criada. Alborotóse el viejo y reprochóles y afeóles su atrevimiento. Ellos le
respondieron con muecas y burla, y, sin desmandarse a más, pasaron adelante. Pero la mucha
hermosura del rostro que había visto Rodolfo, que era el de Leocadia, que así quieren que se
llamase la hija del hidalgo, comenzó de tal manera a imprimírsele en la memoria, que le llevó
tras sí la voluntad y despertó en él un deseo de gozarla a pesar de todos los inconvenientes
que sucederle pudiesen. Y en un instante comunicó su pensamiento con sus camaradas, y en
otro instante se resolvieron de volver y robarla, por dar gusto a Rodolfo; que siempre los
ricos que dan en liberales hallan quien canonice sus desafueros y califique por buenos sus
malos gustos. Y así, el nacer el mal propósito, el comunicarle y el aprobarle y el determinarse
de robar a Leocadia y el robarla, casi todo fue en un punto.
Pusiéronse los pañizuelos en los rostros, y, desenvainadas las espadas, volvieron, y a pocos
pasos alcanzaron a los que no habían acabado de dar gracias a Dios, que de las manos de
aquellos atrevidos les había librado
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| Autor : De Cervantes Miguel |
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