 |
|
Comentario
Una de las cosas extrañas era que Aubrey Walters no podía considerarse una niña
extraña. Era tan normal como su padre y su madre, que vivían en un apartamento de la
calle Otis, y jugaban al bridge una noche por semana, salían otra noche a cenar fuera, y
pasaban tranquilamente las demás veladas en casa.
Aubrey tenía nueve años, el pelo bastante lacio y muchas pecas; pero a los nueve años
nadie se preocupa por tales cosas. Se desenvolvía bastante bien en el colegio privado no
demasiado caro al que sus padres la enviaron, hizo fácilmente amistad con otras niñas, y
recibía lecciones de violín, instrumento que tocaba abominablemente.
Su mayor defecto quizá fuera su predilección por quedarse levantada hasta altas horas
de la noche, aunque, en realidad, esto era culpa de sus padres por dejarla quedarse
levantada y vestida hasta que tenía sueño y quería acostarse. Incluso a los cinco y seis
años, casi nunca quería irse a la cama antes de las diez de la noche. Y si, durante una
época de preocupación maternal, se la acostaba más temprano, nunca se dormía antes
de esa hora. Así que, ¿por qué no dejarla quedarse levantada?
| |