 |
|
Comentario
Después de acostar a los niños, María (de profesión sus labores en casa y fuera
de ella) se dejó caer sobre el sofá de la sala, esperando, en vano, que el contacto
con el mullido asiento recargara su vacío depósito de energía.
A aquellas horas (eran las nueve) sus músculos no daban ya mucho de sí;
agarrotados, rendidos, no le permitían moverse con soltura; sin embargo, aún se
esperaba de ella buena disposición para enfrentarse a la última tarea doméstica
de la jornada: hacerle la cena a su esposo, que si era fiel a su costumbre (y
siempre lo era) entraría en el hogar a eso de las diez. María sabía que la
negligencia no le estaba permitida, ni siquiera si se debía a un agotamiento
terrible.
Disponía, no obstante, de treinta minutos antes de iniciar el trajín. De modo que
colocó las piernas (un puro calambre a causa de tantas idas y venidas) sobre la
mesa, al tiempo que acomodaba la nuca en la suave curva del cabecero.
Aunque su primera intención no era la de dormirse, no pudo evitar que el
cansancio y la somnolencia tiraran de sus párpados hasta cerrarle los ojos por
completo. Aprovechando su ceguera, el sopor le envenenó el cerebro con
imágenes que se sucedían rápidamente, sin sonido, nimbadas por un aire surreal,
que hacían presagiar la llegada del verdadero sueño
| |