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Comentario
Intentar pensar el Estado es exponerse a retomar en su provecho un pensamiento de Estado, a aplicar al
Estado categorías de pensamiento producidas y garantizadas por el Estado, a desconocer, por consiguiente, la
verdad más fundamental del Estado. Esta afirmación, que puede parecer a la vez abstracta y perentoria, se
impondrá más naturalmente si al final de la demostración aceptamos volver a ese punto de partida, pero
armados del conocimiento de uno de los poderes mayores del Estado, el de producir y de imponer
(principalmente por medio de la escuela) las categorías de pensamiento que aplicamos espontáneamente a
cualquier cosa del mundo y al Estado mismo.
Pero, para dar una primera traducción más intuitiva de este análisis, y hacer sentir el peligro, que corremos
siempre, de ser pensados por un Estado que creemos pensar, querría citar un pasaje de Maîtres anciens de
Thomas Bernhard: “La escuela es la escuela del Estado, donde se hace de los jóvenes criaturas del Estado, es
decir, ni más ni menos que agentes del Estado. Cuando entraba en la escuela, entraba en el Estado, y como el
Estado destruye a los seres, entraba en el establecimiento de destrucción de seres. [...] El Estado me ha hecho
entrar en él por la fuerza, como por otra parte a todos los demás, y me ha vuelto dócil a él, el Estado, y ha
hecho de mí un hombre estatizado, un hombre reglamentado y registrado y dirigido y diplomado, y pervertido
y deprimido, como todos los demás. Cuando vemos a los hombres, no vemos más que hombres estatizados,
servidores del Estado, quienes, durante toda su vida sirven al Estado y, por lo tanto, durante toda su vida
sirven a la contra-natura”.1
La retórica muy particular de Thomas Bernhard, aquella del exceso, de la hipérbole en el anatema, conviene
bien a mi intención de aplicar una suerte de duda hiperbólica al Estado y al pensamiento del Estado. No se
duda nunca demasiado cuando se trata del Estado. Pero la exageración literaria corre el riesgo siempre de
aniquilarse a sí misma desrealizándose por su mismo exceso. Y sin embargo, hay que tomar en serio lo que
dice Thomas Bernhard: para darse alguna oportunidad de pensar un Estado que se piensa aun a través de
quienes se esfuerzan en pensarlo (como Hegel o Durkheim, por ejemplo), hay que tratar de cuestionar todos
los presupuestos y todas las preconstrucciones que están inscriptas en la realidad que se trata de analizar y en
el mismo pensamiento de los analistas.
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