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Comentario
Desde lejos capté una visión del Traveler cuando mi nave voló hacia el planeta. La gran nave espacial
parecía un juguete a aquella distancia, una frágil burbuja de metal y aire y energía contra el enorme telón
de fondo del espacio. Pensé en las máquinas que contenía, que silbaban, chirriaban y campaneaban muy
débilmente al proseguir su inacabable serie de servicios, convirtiendo aquel gran casco en un mundo
animado. El casco estaba ahora vacío de vida, y yo experimenté un súbito y extraño sentimiento de
simpatía hacia él. Como si estuviera dotado de vida, comprendí que el Traveler se sentía solitario.
El planeta semejaba ante mí un brillante escudo azul con blasones de nubes y continentes girando en una
ilimitada oscuridad bajo las ardientes estrellas. Habíamos llamado Puerto a aquel mundo; el puerto al
final de nuestro largo viaje, y había pocos nombres más acertados. Puerto de descanso y paz, y un cielo
encima destacándose contra el resplandor del espacio. Era bueno llegar a casa.
Registré los cielos en busca de otra breve visión del Traveler, pero no pude hallar - su pequeña silueta
entre aquella inextricable selva de estrellas. No importa que estuviera en órbita, alrededor de Puerto o
anclado en él quizá para siempre. Me concentré en hacer aterrizar la nave espacial.
La atmósfera silbaba en torno al casco. Tras un mes entre el oscuro y venenoso frío del quinto planeta,
solo entre indígenas extrahumanos, ardía generalmente en deseos de aterrizar, y conduje mi nave con una
aceleración aumentada por los rayos gravitatorios. Pero esta vez puse un poco más de cuidado,
diciéndome que era preferible llegar tarde a cenar que no llegar nunca; o quizá era aquella breve visión
del Traveler la que me hizo súbitamente reflexivo. Después de todo, habíamos pasado buenos ratos a
bordo de él
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