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Comentario
El problema fundamental de Gregory Swenn fue el de su indoctrinación. Educado por unos padres
demasiado absorbentes, cuya única actividad era subirse a cajas de jabón en las esquinas de las calles para
exhortar a los transeúntes con sus «¡Haced penitencia! ¡El fin del mundo se acerca!», el joven Gregory
estaba inclinado a tener una concepción de la vida ligeramente «desfasada», característica que sus
orgullosos padres hubieran podido prever si hubiesen concedido toda su importancia a la primera palabra
de su hijo, pronunciada por éste a la edad de ocho meses. Algunos niños comienzan su vida comunicativa
por un «mamá», otros por un «papá»; algunos babeantes chiquillos cuya ascendencia se remonta
directamente hasta algunas grandes firmas comerciales inician su primera conversación murmurando un
«ganancias»; pero la primera palabra del pequeño Gregory Swenn fue «¡Vergüenza!».
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