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Comentario
El Centro, un racimo de burbujas unidas por una red metálica, colgaba en el espacio vacío en la
región que en la Tierra se conoce como Próximo Sagitario. El propietario era Pan Pascoglu, un hom-
bre bajo, oscuro y enérgico, casi calvo, con un hirsuto bigote y unos inquietos ojos castaños. El
ambicioso Pascoglu se proponía desarrollar el Centro y convertirlo en un centro turístico de moda,
una isla encantada entre las estrellas. Algo más que una simple estación de enlace y un depósito. Con
tal fin había agregado dos docenas de brillantes burbujas nuevas
?
cottages
, como él las llamaba
?
en los límites del Centro, que se asemejaba ahora al modelo de una molécula extremadamente
compleja.
Los
cottages
eran cómodos y alegres; el comedor ofrecía una excelente cocina, y la gente que se
reunía en los salones se caracterizaba por su notable diversidad.
Magnus Ridolph encontraba el Centro a la vez reposado y estimulante. Sentado en la penumbra
del comedor, donde las estrellas desnudas servían de candelabros, contemplaba a los demás huéspe-
des. En una mesa a su izquierda, semiocultas tras un macetón de dendrones, había cuatro figuras.
Magnus frunció el ceño; comían en absoluto silencio, y por lo menos tres de ellos se inclinaban de
un modo grosero sobre los platos.
?
Bárbaros
?
murmuró, y les volvió la espalda.
No se sentía particularmente molesto por esa exhibición de toscos modales; en el Centro era
natural encontrarse con muchos tipos de seres. Esa noche parecía hallarse representado todo el
espectro de la evolución, desde los patanes que tenía a su izquierda, pasando por una veintena de
civilizaciones más o menos refinadas, hasta
?
acarició con la servilleta su cuidada barba blanca
?
él
mismo
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