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Comentario
Los cuentos de James Patrick Kelly con frecuencia describen el futuro
desde el lugar de trabajo de una persona común. Al escribir su último cuento,
pensó en la evolución que podría darse en la tarea de un guardia de
seguridad, en lo monótono que podía ser su trabajo y en los medios que puede
hallar un hombre para hacer que las cosas se pongan un poco más
interesantes.
La última vez que se había conectado a Muy Lejos, Murph se había borrado las tetillas.
Estaba seguro de que Gata lo había notado, aunque él se había dejado la camisa puesta
mientras hacían el amor. Ella siempre se dejaba algo puesto... alguna de sus prendas
eróticas. La vez del sombrero, Murph casi había sufrido un desmayo. Pero él estaba preparado
para algo más que otra simple sesión de sexo fantasma. Quería decirle su nombre, lograr que ella
lo invitara a su cabina. Se imaginaba abriéndole el botiquín de medicamentos, buscando algo
bajo su cama. ¿Habría comprendido la insinuación? Tal vez había sido demasiado sutil. Gata no
había dicho nada sobre su pecho corregido, pero, por supuesto, nunca lo haría. Gata amaba el
misterio. Para ella, formaba parte del juego amoroso.
El icono veintisiete comenzó a titilar. Algo había disparado los detectores de intrusos del
consultorio del Dr. Bertrand. Murph era el operador de seguridad de Bertrand.
—Expandir —dijo Murph. Bostezó e inclinó hacia atrás su butaca de trabajo. El mecanismo
hidráulico de la silla suspiró bajo los ciento treinta kilos de Murph. La pantalla ubicada en el
cielorraso de la cabina mostraba tres tomas del oscuro consultorio del psiquiatra, en el alcázar.
Una mujer que nunca antes había visto lanzó una risita tonta, al tiempo que entraba en la
diminuta sala de espera de Bertrand. Bertrand la rodeó con su brazo y, con un ademán, ordenó a
las luces que se encendieran
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