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Comentario
Estaba deslizándose por el borde del abismo.
Abajo, bostezaba la acuática negrura de un submundo frígido, donde el sol jamás había
penetrado, donde la única luz era la chispa fugaz de una criatura bioluminiscente.
Acostado boca abajo en la cucheta corporal de forma adaptable del Deep Flight tv, con la
cabeza protegida por un cono de acrílico transparente, el doctor Stephen D. Ahearn tuvo
la estimulante sensación de estar volando, sin trabas, a través de la vastedad del espacio.
En los rayos de las luces de las alas vio la llovizna suave y continua de restos orgánicos
que caían desde las aguas llenas de luz que estaban más arriba. Eran cadáveres de
protozoos, descendiendo a través de miles de metros de agua hacia su tumba definitiva
en el lecho del océano.
Navegaba a través de esa suave lluvia de restos, y dirigió al Deep Flight IV a lo largo
del borde del cañón subacuático, con el abismo a babor, el suelo de la meseta abajo.
Aunque el sedimento era aparentemente yermo, había señales de vida en todos lados.
Grabadas en el lecho del mar se veían huellas y surcos de criaturas errantes, que ahora
estaban ocultas y a salvo en su capa de sedimento. También vio señales de actividad
humana: una cadena oxidada, sinuosamente envuelta alrededor de un ancla caída; una
botella de gaseosa, a medias sumergida en un desprendimiento. Fantasmales restos del
extraño mundo de la superficie.
De repente, surgió una visión sorprendente. Se veía como si estuviera atravesando un
bosque submarino de troncos de árboles chamuscados. Los objetos eran chimeneas que
largaban humo negro, tubos de seis metros formados por minerales disueltos que
emergían de grietas en la corteza terrestre. Con las palancas de mando, maniobró el
Deep Flight IV suavemente hacia estribor, para esquivar las chimeneas.
-He alcanzado la abertura hidrotérmica-dijo-. Avanzando a dos nudos, chimeneas de
humo a babor.
-¿Cómo se está comportando? -la voz de Helen crepitó en su auricular.
-De maravilla. Quiero uno de estos para mí. Ella rió.
-Prepárate a firmar un gran cheque, Steve. ¿Ya divisaste el campo de nódulos?
Debería de estar inmediatamente adelante.
Ahearn se quedó en silencio durante un momento, mientras se asomaba en la
oscuridad acuática. Un minuto más tarde, contestó: -Lo veo.
Los nódulos de manganeso tenían el aspecto de terrones de carbón dispersos en el
lecho del océano. Con su extraña, casi bizarra lisura, formados por minerales que se
solidificaban alrededor de piedras o granos de arena, eran una fuente muy valiosa de
titanio y otros metales preciosos. Pero él no les prestó atención a los nódulos. Estaba en
busca de un premio mucho más valioso.
-Me dirijo hacia el cañón -dijo.
Con las palancas de mando, maniobró el Deep Flight IV en dirección al borde de la
meseta. Mientras su velocidad aumentaba a dos nudos y medio, las alas, diseñadas para
producir el efecto opuesto al de las alas de un aeroplano, arrastraron el submarino hacia
abajo. Comenzó a descender en el abismo.
-Mil cien metros -contó-. Mil ciento cincuenta...
-Ten cuidado con la zona de despeje. Es una grieta angosta. ¿Estás monitoreando la
temperatura del agua?
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