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Comentario
Era ese viejo argumento tantas veces repetido. Si un árbol cae en el interior de un
bosque, allí donde no existe ningún oído que pueda oírlo, ¿es esa caída silenciosa?
¿Existe sonido allí donde no hay un oído para escucharlo? He oído discutir esa cuestión a
profesores de universidad y a barrenderos.
En esta ocasión la discusión estaba a cargo del jefe de estación de un pequeño pueblo
y de un robusto hombre en mangas de camisa. Era un cálido anochecer de una tarde de
verano, y la ventana de la oficina del jefe de estación estaba abierta; éste se encontraba
con los codos apoyados sobre el alféizar de la misma. El hombre robusto se apoyaba
contra los rojos ladrillos del edificio. La discusión giraba en círculos como un
moscardón.
Yo me había sentado en uno de los bancos del andén, a una distancia aproximada de
unos diez pies. En aquel pueblo era un extraño que esperaba un tren que llegaba con
retraso. También había allí otro hombre; estaba sentado en otro banco, entre la ventana y
yo. Era alto, pesado, con cara inexpresiva y unas inmensas y callosas manos. Parecía un
labriego con su traje de ciudad.
No parecía interesado ni en la discusión, ni en los que discutían. Yo no hacía más que
preguntarme cuánto tardaría en llegar aquel condenado tren.
No tenía mi reloj; lo había llevado a reparar en la ciudad. Y desde donde estaba
sentado no podía ver el reloj de la estación. El hombre alto que se sentaba a mi lado
llevaba un reloj en la muñeca y le pregunté por la hora. No obtuve ninguna respuesta.
¿Se han dado cuenta de la situación? Éramos cuatro; tres en el andén y el ferroviario
apoyado en la ventana. La discusión entre el jefe de estación y el hombre robusto.
Sentados en los bancos, el hombre silencioso y yo.
Me levanté de mi asiento y miré hacia el interior de la estación. Eran las ocho menos
diez; el tren ya llevaba doce minutos de retraso. Suspiré y encendí un cigarrillo. Decidí
meter baza en la conversación. No tenía por qué hacerlo, pero conocía la respuesta y ellos
no.
- Perdonen que me meta en lo que no me importa - dije -, pero ustedes no están
discutiendo sobre el sonido; lo que ustedes discuten afecta a la semántica.
Esperaba que alguno de ellos me preguntase qué era la semántica, pero el jefe de
estación me chasqueó
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