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| Comentario
El lejano fulgor de la explosión atómica se había ya desvanecido del cielo cuando el
coche de McDonough chirrió al salir de la oscura ciudad de Port Jervis y embocar la
dirección norte. Marchaba a ochenta kilómetros por hora en la carretera Nacional 209, sin
otras luces que las de situación y si un ciervo hubiera irrumpido en la calzada por delante
de él. no habría podido verlo hasta después del impacto. Resultaba bastante difícil poder
ver la cinta asfaltada de la carretera.
Pero pensaba y no por primera vez, en el viejo chiste del hombre que hacía sonar las
ruedas de los trenes.
Lo había estado haciendo, según la historia, durante treinta años. Cada día de trabajo
iba arriba y abajo a ambos lados de las locomotoras detenidas en los muelles y golpeaba
las ruedas con un martillo; primero las ruedas motrices y luego las demás. Cada vez
inclinaba la cabeza, como para escuchar algo especial en el sonido. El día de su retirada,
se hallaba dando una magnífica comida a sus amigos — como correspondía a un
miembro tan antiguo como él en el Montepío Ferroviario—, cuando alguien le preguntó
qué es lo que había estado sondeando con aquellos martillazos durante tantos años.
El hombrecillo de nuestra historia, inclinó la cabeza como si escuchara algo, pero con
toda evidencia nada pudo captar.
—Pues no lo sé — dijo con sinceridad.
«Así soy yo», pensó McDonough. «Sondeo y ausculto tumbas, no trenes. ¿Pero qué es
lo que escucho?»
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