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Comentario
Hacia 1930, ya bien cumplidos los cuarenta años. William Olaf Stapledon abordó por
primera vez el ejercicio de la literatura. A esta iniciación tardía se debe el hecho de que no
aprendió nunca ciertas destrezas técnicas y de que no había contraído ciertas malas
costumbres. El examen de su estilo, en el que se advierte un exceso de palabras
abstractas, sugiere que antes de escribir había leído mucha filosofía y pocas novelas o
poemas. En lo que se refiere a su carácter y a su destino, más vale transcribir sus propias
palabras: "Soy un chapucero congénito, protegido (¿o estropeado?) por el sistema
capitalista. Sólo ahora al cabo de medio siglo de esfuerzo, he empezado a aprender a
desempeñarme. Mi niñez duró unos veinticinco años; la moldearon el canal de Suez, el
pueblito de Abbotsholme y la Universidad de Oxford. Ensayé diversas carreras y
periódicamente hube de huir ante el inminente desastre. Maestro de escuela, aprendí de
memoria capítulos enteros de la Escritura, la víspera de la lección de historia sagrada. En
una oficina, de Liverpool eché a perder listas de cargas: en Port Said, candorosamente
permití que los capitanes llevaran más carbón que el estipulado. Me propuse educar al
pueblo: peones de minas y obreros ferroviarios me enseñaron más cosas de las que
aprendieron de mí. La guerra de 1914 me encontró muy pacífico. En el frente francés
manejé una ambulancia de la Cruz Roja. Después: un casamiento romántico, hijos, el
hábito y la pasión del hogar. Me desperté como adolescente casado a los treinta y cinco
años. Penosamente pasé del estado larval a una madurez informe atrasada. Me
dominaron dos experiencias: la filosofía y el trágico desorden de la colmena humana...
Ahora, ya con un pie sobre el umbral de la adultez mental, advierto con una sonrisa que el
otro pisa la sepultura."
La metáfora baladí de la última línea es un ejemplo de la indiferencia literaria de
Stapledon, ya que no de su casi ilimitada imaginación. Wells alterna sus monstruos -sus
marcianos tentaculares, su hombre invisible, sus proletarios subterráneos y ciegos- con
gente cotidiana; Stapledon construye y describe mundos imaginarios con la precisión y
con buena parte de la aridez de un naturalista. Sus fantasmagorías biológicas no se dejan
contaminar por percances humanos.
En un estudio sobre Eureka de Poe, Valery ha observado que la cosmogonía es el más
antiguo de los géneros literarios; pese a las anticipaciones de Bacon, cuya Nueva
Atlántida se publicó a principio del siglo XVII, cabe afirmar que el más moderno es la
fábula o fantasía de carácter científico. Es sabido que Poe abordó aisladamente los dos
géneros y acaso inventó el último; Olaf Stapledon los combina, en este libro singular. Para
esta exploración imaginaria del tiempo y del espacio, no recurre a vagos mecanismos
inconvincentes sino a la fusión de una mente humana con otras, a una suerte de éxtasis
lúcido, o (si se quiere) a una variación de cierta famosa doctrina, de los cabalistas, que
suponían que en el cuerpo de un hombre pueden habitar muchas almas, como en el
cuerpo de la mujer que está por ser madre. La mayoría de los colegas de Stapledon
parecen arbitrarios o irresponsables; éste, en cambio, deja una impresión de sinceridad,
pese a, lo singular y a veces monstruoso de sus relatos. No acumula invenciones para la
distracción o el estupor de quienes lo leerán; sigue y registra con honesto vigor las
complejas y sombrías vicisitudes de su sueño coherente.
Ya que la cronología y la geografía parecen ofrecer al espíritu una misteriosa
satisfacción, agregaremos que este soñador de universos nació en Liverpool el 10 de
mayo de 1886 y que su muerte ocurrió en Londres el 6 de septiembre de 1950. Para los
hábitos mentales de nuestro siglo, Hacedor de estrellas es, además de una prodigiosa
novela, un sistema probable o verosímil de la pluralidad de los mundos y de su dramática
historia
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