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Comentario
El hombre descansaba sobre la erosionada cima de un risco,
oteando más allá del valle. Desde allí podía ver una gran
distancia, pero en toda la marchita extensión no había ningún
movimiento visible. Nada se agitaba en la polvorienta llanura
ni en la desmenuzada arena de los lechos de ríos desecados
mucho tiempo atrás, por donde una vez fluyeran los
caudalosas corrientes de la juventud de la Tierra. Había poco
verdor en aquel mundo terminal, aquel capítulo final de la
prolongada presencia de la humanidad sobre el planeta.
Durante incontables eones, la sequía y las tormentas de arena
habían asolado todas las tierras. Los árboles arbustos habían
dado paso a pequeños y retorcidos matorrales que
subsistieron largo tiempo merced a su fortaleza: pero ellos, a
su vez, perecieron ante la embestida de toscas hierbas y
fibrosa y dura vegetación de extraña evolución.
El omnipresente calor, creciente según la Tierra giraba más
próxima al Sol, marchitó y mató con rayos inmisericordes.
No había sucedido repentinamente, transcurrieron largos
eones antes de que pudiera sentirse el cambio. Y, a lo largo
de esas primeras eras, la adaptable forma del hombre había
seguido una lenta mutación, moderándose a sí mismo para
soportar el progresivamente tórrido aire. Luego llegó el día
en que el hombre pudo aguantar en sus calurosas ciudades,
aunque enfermo, y comenzó el gradual retroceso, lento pero
imparable. Aquellas ciudades y poblaciones cercanas al
ecuador fueron las primeras, por supuesto, pero después
fueron seguidas por otras. El hombre, degenerado y exhausto,
no pudo hacer frente durante mucho tiempo al calor que
ascendía inexorablemente. Se consumía, y la evolución era
demasiado lenta para dotarle de nuevas resistencias.
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