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HEROES Y VILLANOS


 
Comentario
Marianne tenía ojos penetrantes, fríos, y mal genio, pero su padre la amaba. El padre era Profesor de Historia; en el comedor familiar, sobre el aparador en que guardaban la heredada vajilla de acero inoxidable, tenía un reloj al que daba cuerda todas las mañanas. Marianne pensaba que el reloj era la mascota de su padre, como lo fuera el conejito para ella, pero el conejito murió pronto y se lo entregaron al Profesor de Biología para que lo destripara, mientras que el reloj continuó con su inescrutable tic-tac. Marianne concluyó, pues, que el reloj era inmortal pero esto no la impresionó. Mientras comía, sentada a la mesa, observaba con indiferencia el movimiento de las manecillas, pero nunca sentía que el tiempo pasase, pues estaba congelado alrededor de ella en ese apartado lugar, donde una quietud pastoral se adueñaba de todo y el infatigable reloj tallaba las horas en esculturas de hielo. Marianne vivía en una torre blanca de acero y cemento. Se asomaba a la ventana y en el otoño veía una resplandeciente colina de maíz, y huertos donde los árboles crujían con manzanas rojas; en la primavera, los campos se desplegaban como banderas, primero castañas luego verdes. Más allá de las tierras de labranza no había más que pantanos, unas indiferentes ruinas de piedra, y a lo lejos las manchas borrosas de los bosques, que en ciertas noches tormentosas de fines de agosto parecían avanzar y amenazar a la comunidad, aunque, la mayor parte de las veces, los sitiados acordaban ignorarlos. La torre de Marianne se alzaba entre otros bloques de cemento y acero que habían sobrevivido a la explosión, y funcionaban ahora como barracas, museo y escuela. Bordeando las calles anchas había casas rectangulares de madera, establos y huertos. La comunidad cultivaba maíz, lino, verduras y frutas. Criaba ganado por la carne, la leche y la lana, además de aves por los huevos.
Autor : Carter Angela
 
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