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HIJO DE MARTE


 
Comentario
Jim Kandro no podía pasearse por pasillos inexistentes: el hospital de la colonia Lago del Sol era un simple cuarto anexo a la casa del médico, construida con paneles de tierra prensada. Seguían llamándole «tierra» al herrumbroso suelo de Marte. Con las piernas apretujadas entre la cama y la pared, cansado del monótono movimiento de sus brazos pero decidido a presenciar el final, Jim persistía en frotarle la espalda a Polly, su mujer, mientras susurraba palabras animosas para ella y para sí mismo. —¿Por qué no me deja que la atienda yo solo un rato? —sugirió el doctor Tony Hellman al ver que el agotamiento de Jim sólo servía para comunicarle su propio pánico a la mujer—. Vaya a descansar a la otra habitación, o salga a dar un paseo. Todavía falta tiempo para que ocurra nada. —Por favor, Tony —repuso Jim, con voz enronquecida por la ansiedad—; prefiero estar cerca— y volvió a inclinarse sonriente sobre Polly. Ana entró antes de que Tony la llamara. Precisa mente por ese don que parecía tener la había elegido Tony de ayudante. —Creo que Jim necesita una taza de café —dijo secamente el médico. Kandro se levantó azorado. —Bien, doctor —dijo; y, en su deseo de ser útil agregó—: ¿Me llamará si necesita... si hay novedad? —Claro que lo hará. Esta rápida intervención de Ana evitó la agria res puesta de Tony. Ella apoyó su mano en el brazo de Kandro, sonrió a la mujer que yacía en la cama y dijo: —No falta mucho, Polly. Vamos Jim. Al cerrarse la puerta tras ellos, Polly dijo con la sonrisa en los labios: —Discúlpelo, doctor. Está tan preocupado... No tuvo aliento para más. Se retorció en su cama, con las manos crispadas. Toda otra labor física, re flexionó Tony, era más fácil bajo la escasa fuerza de gravedad de Marte, pero la labor del parto era eterna mente la misma. Alargó su mano para que Polly le apretara, y esperó mientras a ella le rechinaban los dientes de dolor y a él le corría un escalofrío. Pasó el dolor. Ella le soltó la mano. El fue al auto clave a por un nuevo par de guantes para hacer otro reconocimiento, y la oyó suspirar: —¡Qué buena es Ana! Antes de volver a mirarla, la oyó relajarse en la cama para reposar lo más posible mientras no se repitiera el dolor. —Sí, lo es —contestó. Dejó los guantes sobre la mesa: era inútil otro reconocimiento. Siéntate y espera, pensó. No te dejes aturdir por esa criatura. Si la madre puede esperar, tú también puedes. Pórtate como te portarías en la Tierra. Ahora estás en Marte. ¿Y qué? Acercó una silla a la cama; apoyó una mano en la sábana, donde ella pudiera apretarla cuando quisiera; se arrellanó, y dejó reposar todos los músculos. Al otro lado de la puerta, Jim Kandro se acercaba por cuarta vez la taza de café a los labios y la bajaba de nuevo sin probarlo
Autor : Cyril Judd
 
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