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Comentario
Es difícil entender lo que sucede actualmente en la Iglesia católica. La Iglesia es una organiza-
ción inconmensurable y variada. Personalmente no tengo acceso a las reuniones privadas del
Vaticano, y no sigo los acontecimientos de la Iglesia muy de cerca; sin embargo, el mosaico de
impresiones que he recogido durante el presente pontificado me anima, al mismo tiempo que
me inquieta. Personalmente me siento tan a gusto con las tendencias liberales como con las
conservadoras de la Iglesia. Con las primeras por sus más honestos afanes de reforma y con
las segundas por su laudable preocupación de que las reformas que son excesivamente rápi-
das podrían trastornar y secularizar la Iglesia. La predominante indiferencia religiosa entre las
mentes dirigentes de Occidente y entre grandes sectores del resto del mundo cristiano, unida
al deseo de que se demuestren y justifiquen las creencias, deseo que, por el momento la reli-
gión cristiana no puede satisfacer, está socavando, de forma lenta y sosegada pero profunda,
las creencias de aquellos católicos allá donde éstos se exponen a las anteriores influencias.
En muchos países de Europa el actual parece ser un periodo de transición, de una fe que
sobrevive, pero que está siendo rápidamente minada en los ambientes juveniles y en los no
tanto. Los responsables de la supervivencia de la fe en el Vaticano, al trabajar en medio de una
de las civilizaciones más mundanas de Europa, no pueden dejar de constatar que las llamadas
metafísicas de la Iglesia, en ese entorno, pueden caer en saco roto.
La Iglesia ha tenido siempre un lado oscuro, no sólo por estar formada por seres humanos fali-
bles, sino también a nivel de la ética y la práctica institucionalmente establecidas. Incluso algu-
nas de las directrices promovidas por los más altos niveles han sido ocasionalmente incompati-
bles con la proclamada moralidad cristiana.
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