 |
|
Comentario
Era una noche salvaje. El viento por entre los arboles como el hijo de un gigante,
gritando su tristeza hacia el negro cielo, cubierto de nubes huidizas, y la lluvia se vertía y
salpicaba en la tierra, arrancando incluso de su sitio la tosca hierba de Argus, bailoteando
como una nube de diablos a través de los viajeros como una miríada de agujas de hielo,
empapando las banderas imperiales del castillo de los reyes hasta que fueron demasiado
pesadas para flamear en sus astas ante el impulso del viento, demasiado pesadas para
revelar que ondeaban boca abajo para significar la muerte de un rey.
En el exterior del negro castillo la gente aguardaba, mirando. Eran gente gris, gente
vulgar, hombres con toscas manos de granjeros y mecánicos, mujeres, con rostros
surcados de arrugas y ojos como brasas moribundas.
Sonaba una campana.
La tormenta azotaba las ventanas de un solitario helicóptero que estaba a pocas millas
de distancia en la noche. No tenía el aspecto de haber sido echo con manos humanas,
porque venia de uno de los mundos mutantes de más allá de los límites del Imperio,
donde los niños inhumanos de los hombres habían sido acorralados por el latigazo del
odio, y donde habían construido para sí mismos una cultura que aún conservaba el
conocimiento perdido del Imperio en la Larga Noche que inundó las estrellas, hacia diez
mil años
| |