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Comentario
Fue una desganada curiosidad lo que llevó en un principio a
Stephen jones al Museo de Rogers. Alguien le había
comentado algo acerca del extraño establecimiento
subterráneo de la calle Southwark, cruzando el río, donde
había estatuas de cera mucho más horribles que las peores
efigies expuestas en el museo de Madame Tussaud, y se
había acercado allí uh día de abril para ver cuánta decepción
podía causarle. Extrañamente, no fue así. Había algo
diferente y peculiar allí, después de todo. Por supuesto, no
faltaban los truculentos tópicos: Landrú, el doctor Crippen,
Madame Demers, Rizzio, Lady jane Grey, interminables
víctimas mutiladas de la guerra y la revolución, y monstruos
del tipo de Gilles de Rais y el Marqués de Sade; pero también
había otros seres que aceleraron su respiración y le hicieron
quedarse hasta que sonó la campanilla de cierre. El hombre
que había diseñado tal colección no podía ser un vulgar
saltimbanqui. Había imaginación, incluso genio enfermizo,
en algunos de sus trabajos.
Más tarde, había indagado acerca de George Rogers. El
hombre había estado en el equipo del Tussaud, pero algún
problema había hecho que lo abandonara. Se comentaban
maledicencias acerca de su estado mental y chismes sobre su
enloquecida forma de trabajar en secreto, aunque,
posteriormente, la prosperidad de su propio museo
subterráneo había embotado el filo de algunas críticas, al
tiempo que afilado las insidiosas puntas de otras. La
teratología e iconografía de pesadilla eran sus pasiones, e
incluso él había tenido el tacto de emplazar algunas de sus
peores efigies en una sala especial reservada a los adultos.
Ésa era la estancia que tanto fascinara a Jones. Había
bastardas entidades híbridas que sólo la fantasía podía
incubar, modeladas con diabólica pericia y coloreadas con
una horrible semejanza de vida
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