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Comentario
Lorimer ojea la gran cabina atestada y trata de escuchar las voces. Trata también de
ignorar el retortijón visceral que le anuncia que está por recordar algo desagradable. Pero
es inútil, aquel momento del pasado vuelve a revivir. El, que se precipita
atolondradamente - ¿o lo habían empujado? - en el cuarto de baño desconocido de
Evanston Junior High. La bragueta abierta, el pene en la mano, aún puede ver el borde
gris de la cremallera de los tejanos alrededor de la verga pálida y desnuda. El silencio.
Las siluetas desconcertantes, las caras que se vuelven. La primera risotada. Muchachas.
Había entrado en el baño de damas.
Amargamente humillado, tantos años después, elude las caras de las mujeres. La
cabina se curva sobre su cabeza y lo rodea de objetos extraños el bastidor para bordar, el
telar de las gemelas, la artesanía de Andy, esa endemoniada enredadera que se retuerce
por todas partes, los pollos. Tan acogedor... Está atrapado. Irrevocablemente atrapado de
por vida en todo lo que no le gusta. Falta de estructura. Fruslerías personales, intimidades
insignificantes. Los requerimientos que por alguna razón oscura nunca podrá cumplir.
Ginny: Nunca me hablas... Ginny, amor, piensa sin querer. Pero no siente dolor.
Lo asalta la estruendoso risa de Bud Geirr. Bud está bromeando con algunas de ellas,
oculto por una partición. Pero Dave está a la vista. El mayor Norman Davis en el extremo
opuesto de la cabina, el perfil barbado vuelto hacia una mujer oscura y menuda que
Lorimer no acierta a distinguir. Pero la cabeza de Dave parece extrañamente diminuta y
nítida, en verdad la cabina entera parece irreal. Un cacareo estalla en el «cielo raso»: la
gallina de Bantam en su canasta.
En este momento Lorimer está seguro de que lo han drogado.
Es curioso pero la idea no lo enfurece. Se inclina, o más bien se voltea hacia atrás, y se
posa de piernas cruzadas en la gravedad cero, volviendo los ojos hacia la mujer con la
que estaba hablando. Connie. Constantia Morelos. Una mujer alta con cara de luna en un
holgado pijama verde. En realidad nunca le ha interesado hablar con mujeres. Irónico.
- Supongo que es posible que no estemos aquí... en cierto modo - dice en voz alta.
No parece muy claro, pero ella asiente con interés. Está observando mis reacciones, se
dice Lorimer. Las mujeres son envenenadoras natas. ¿Ha dicho también eso en voz alta?
La expresión de ella no cambia. La visión de Lorimer está adquiriendo una agradable
claridad local. La tez de Connie le parece delicada y saludable. Bronceada y olivácea tras
dos años en el espacio. Era granjera, recuerda. Poros grandes, pero sin ese aspecto
reseco que él asocia con las mujeres de esa edad.
- Quizá nunca habéis usado maquillaje - dice, y ve el desconcierto de ella -. Pintura
para la cara, polvo. Ninguna de vosotras
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