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Comentario
El cadáver del polizonte se deslizaba oblicuamente a una altura de unos tres mil metros, en dirección a la
zona de control de Birmingham. Era una noche de invierno y la temperatura que imperaba a esa altura,
por debajo de los cero grados, había agarrotado sus miembros y recubierto enteramente su cuerpo de una
oscura escarcha. La sangre, que había fluido por entre el resquebrajado blindaje, habíase congelado sobre
la especie de cangrejo que rodeaba el pecho del hombre con los émulos de pinzas. El cuerpo, en correcta
posición de vuelo, se mecía indefenso a merced de incontroladas corrientes, experimentando un extraño
deslizamiento a través del espacio. Situada sobre la cintura, podía verse una insistente luz del tamaño de
un guisante que parpadeaba en progresivo descenso, bajo una espesa capa de hielo.
Robert Hasson, sargento de la Policía del Aire, se encontraba más cansado e irritable que si hubiera
realizado una jornada de ocho horas de vuelo. Había permanecido en el cuartel general hasta la hora del
almuerzo, dictando y recibiendo informes, ocupado en formalidades con el propósito de obtener un
balance de sus gastos y pagos en el curso de los dos últimos meses. Y entonces, justo cuando se disponía
a marcharse a casa, bastante disgustado, fue requerido en la oficina del capitán Nunn para echar una
nueva ojeada sobre el asunto de los Ángeles Wellwyn. Los cuatro Ángeles detenidos
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