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Comentario
LA ILUSTRE FREGONA
En Burgos, ciudad ilustre y famosa, no ha muchos años que en ella vivían dos caballeros
principales y ricos: el uno se llamaba don Diego de Carriazo y el otro don Juan de Avendaño.
El don Diego tuvo un hijo, a quien llamó de su mismo nombre, y el don Juan otro, a quien
puso don Tomás de Avendaño. A estos dos caballeros mozos, como quien han de ser las
principales personas deste cuento, por escusar y ahorrar letras, les llamaremos con solos los
nombres de Carriazo y de Avendaño.
Trece años, o poco más, tendría Carriazo cuando, llevado de una inclinación picaresca, sin
forzarle a ello algún mal tratamiento que sus padres le hiciesen, sólo por su gusto y antojo, se
desgarró, como dicen los muchachos, de casa de sus padres, y se fue por ese mundo
adelante, tan contento de la vida libre, que, en la mitad de las incomodidades y miserias que
trae consigo, no echaba menos la abundancia de la casa de su padre, ni el andar a pie le
cansaba, ni el frío le ofendía, ni el calor le enfadaba. Para él todos los tiempos del año le eran
dulce y templada primavera; tan bien dormía en parvas como en colchones; con tanto gusto
se soterraba en un pajar de un mesón, como si se acostara entre dos sábanas de holanda.
Finalmente, él salió tan bien con el asumpto de pícaro, que pudiera leer cátedra en la facultad
al famoso de Alfarache.
En tres años que tardó en parecer y volver a su casa, aprendió a jugar a la taba en Madrid, y
al rentoy en las Ventillas de Toledo, y a presa y pinta en pie en las barbacanas de Sevilla;
pero, con serle anejo a este género de vida la miseria y estrecheza, mostraba Carriazo ser un
príncipe en sus cosas: a tiro de escopeta, en mil señales, descubría ser bien nacido, porque
era generoso y bien partido con sus camaradas. Visitaba pocas veces las ermitas de Baco, y,
aunque bebía vino, era tan poco que nunca pudo entrar en el número de los que llaman
desgraciados, que, con alguna cosa que beban demasiada, luego se les pone el rostro como si
se le hubiesen jalbegado con bermellón y almagre. En fin, en Carriazo vio el mundo un
pícaro virtuoso, limpio, bien criado y más que medianamente discreto. Pasó por todos los
grados de pícaro hasta que se graduó de maestro en las almadrabas de Zahara, donde es el
finibusterrae de la picaresca.
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| Autor : De Cervantes Miguel |
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