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Comentario
Largaos, muchachos, ¿queréis? - tartajeó Lukas Greene, agitando su negra mano (y
durante aquel breve y desagradable momento, por algún motivo, pensando en ella como
negra) a los dos hombres (viéndoles perversamente durante el fastidioso momento como
negros) con los uniformes de la Policía del Estado de Mississipi (negro a la derecha) y de
la Guardia Nacional de Mississippi (mulato a la izquierda).
- Por supuesto, Gobernador Greene - dijeron los dos hombres al unísono. (Y los oídos
de Greene, cogidos en lo que él podía ver extrínsecamente como el estúpido y necio
momento masoquista, oyeron aquello como un «Yassah Massah»).
- Demasiada carga para mis hombros - le dijo el Gobernador Greene a la puerta
cuando se hubo cerrado tras ellos.
¿Qué diablos me pasa hoy?, pensó Greene, malhumorado. Ese maldito Shabazz. Ese
estúpido alborotador neg...
Allí estaba de nuevo aquella palabra, y esa era la raíz del problema. Malcolm Shabazz,
Profeta del Movimiento de los Musulmanes Negros, Receptor del Premio Mao de la Paz, y
Gran Pez de los Caballeros Místicos del Mar, era ni más ni menos que un negro. Era todo
lo que los pálidos ven cuando oyen la palabra negro: amigo de Pekín ignorante tartaja
maloliente simiesco salvaje. Y aquel astuto hijo de perra de Malcolm lo sabía y jugaba con
ello, convirtiéndose a sí mismo en foco del demencial odio blanco, en objetivo primordial
deliberado de los vociferantes chiflados Wallacistas, alimentándose de odio, engordando
con él, absorbiéndolo, diciendo a los pálidos: «Yo soy una gran madre negra, y odio
vuestras cochinas tripas, y China es el Futuro, y hablo mejor que vosotros, pálidos
bastardos, y hay veinte millones de negros adultos como yo en este país, mil millones en
la China Popular y cuatro mil millones en el mundo que os odian como os odio yo, maldita
sea vuestra madre pálida...»
Tal como el Chupa-Diviesos bohemio le dijo al chaval que se tiró un pedo en su cara,
pensó Greene, la gente como tú, Malcolm, es la que hace desagradable este trabajo.
Greene hizo girar su sillón y contempló la pequeña TV posada sobre el escritorio al otro
lado de la gaveta de entradas/salidas. Alargó la mano instintivamente hacia el paquete de
Acapulco Golds que había sobre la prístina superficie del escritorio, pero cambió de idea.
Por mucho que necesitara una buena inhalación de hierba en aquel momento de aquel
día, no sería un acto prudente someterse a la influencia de algo un miércoles por la
noche. Miró subrepticiamente a la apagada pantalla de su videófono. La pantalla podía
perfectamente iluminarse durante la hora siguiente con el rostro sardónicamente sonriente
de Jack Barron
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