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Comentario
Con destellos de arco iris en su ajustado traje de espejo, con un floreo arremolinado de
capa negra, Jofe D'mahl irrumpió a través de la pantalla trémula que formaba la pared del
lado de la nave en su gran salón, a los acordes iniciales de la Quinta sinfonía de
Beethoven. La trémula se rizó en toda la gama del espectro cuando su carne la atravesó,
anunciando visualmente su presencia con luces estroboscópicas de mercurio. Las
cabezas se volvieron, los cuerpos se inmovilizaron y la fiesta se interrumpió durante un
largo latido mientras él saludaba a sus invitados con una leve reverencia irónica. La fiesta
recobró su ritmo cuando echó a andar sobre el suelo neblinoso hacia una bandeja flotante
de destellantes. Ya había hecho su entrada.
D'mahl eligió una esfera morada, se llevó el destellante a la boca y hundió sus dientes
en una esponjosidad exquisitamente quebradiza que dio lugar a una abrumadora oleada
de terciopelo, un orgasmo gustativo. La primera colección de una tal Lina Wolder, le había
dicho Jiz, y, como siempre, Jiz había seleccionado una triunfadora. Integró el nombre en
sus bancos de memoria, conectándolo a la pista sensorial de los últimos diez segundos, y
lo incluyó en la actual lista de invitados. Sí, por cierto: una estrella en auge digna de
tenerse en cuenta.
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