 |
|
Comentario
Aquí me tienes, voilá, de turista forzoso en
Madrid. Alojado en una torre que llaman de Los
Lujanes, con ese cabroncete de Carlos, emperador de
los alemanes y de los españoles y de la madre que los
parió a todos, visitándome cada tarde para chotearse
entre tapices gobelinos y mucho vuesa merced,
primo, hermano, monarca francés y toda la
parafernalia. «Estáis en vuestra casa, rey
cristianísimo», dice, como si esto fuese otra cosa que
una cárcel; y me muerdo de rabia los encajes
almidonados viendo la sonrisa guasona que le apunta
bajo la barbita. Menudo cabrón, mi primo el
Ausburgo. Vaya suerte la suya, oyes; y eso que lo
suyo fue de pura chamba, hay que fastidiarse. Que si
Fernando de Aragón e Isabel de Castilla no llegan a
hacer aquella boda -menudo braguetazo-, y Felipe el
Hermoso, su yerno osterreiche, no se va a criar
malvas y deja a la Juana Majareta esa viuda, y al
chaval este, al flamenco Carlitos que Dios y el turco
confundan, no le toca la corona imperial en una rifa, a
lo mejor yo no me veía ahora aquí pintando la mona
de huésped forzoso, y el emperador europeo sería el
menda, como el yayo Carlomagno, que en gloria esté
con Roldan y los doce pares; y no estaría
escribiéndote desde la Torre de los Lujanes, plaza de
la Villa, Madrid, Spain, sino retozando contigo en
Blois, a orillas del Loira. Yo comiendo fuagrás, mon
petit chú. Y tú lo que ya sabes.
| |