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JUAN RARO


 
Comentario
Cuando le dije a Juan que me proponía escribir su biografía, se rió. —¡Hombre! —dijo—. Aunque, por supuesto, era inevitable. En labios de Juan la palabra hombre equivalía con frecuencia a tonto. —Bueno —protesté—. Un gato puede mirar a un rey. —Sí —respondió—. Pero ¿de veras puede ver al rey? ¿Puedes tú, michino, verme realmente? ¡Y así le hablaba un niño a un hombre maduro! Juan tenía razón. Aunque yo lo conocía desde hacía años, y tenía cierta intimidad con él, no sabía casi nada del verdadero Juan, del Juan interior. Aun hoy poco sé, aparte de los sorprendentes actos de su carrera. Sé que no caminó hasta los seis años, que antes de los diez había cometido varios robos y dado muerte a un policía; que a los dieciocho, cuando aparentaba doce, había fundado su absurda colonia en los mares del Sur, y que a los veintitrés, apenas alterado su aspecto, derrotó las seis naves de guerra que seis grandes potencias enviaron para capturarlo. Sé también cómo murieron Juan y sus compañeros. Conozco, sí, estos hechos; y aun a riesgo de ser eliminado por una u otra de las seis grandes potencias, diré al mundo todo lo que pueda recordar. Sé todavía algo más. Será difícil explicarlo. Sé, de un modo confuso, por qué fundó su colonia. Aunque consagró a esa tarea toda su energía, nunca esperó seriamente tener éxito. Estaba convencido de que tarde o temprano el mundo lo descubriría y destruiría su obra. —Nuestras posibilidades —dijo una vez— no llegan a una en un millón. Luego se echó a reír. La risa de Juan era curiosamente turbadora. Era una risa grave, seca y rápida. Me recordaba ese preludio de chasquidos susurrantes que a veces precede al poderoso estallido del trueno. Pero no seguía ningún trueno, sino un silencio repentino y, para su auditorio, una rara comezón en el cuero cabelludo. Creo que. esta risa inhumana, despiadada, pero nunca maliciosa, encerraba la clave del carácter de Juan. Una y otra vez me pregunté por qué se reía precisamente en ese momento, de qué se reía con exactitud, qué significaba en verdad su risa, y si ese extraño ruido era una risa o alguna reacción emocional incomprensible para los de nuestra especie. ¿Por qué, por ejemplo, reía Juan entre sus lágrimas cuando, de niño, volcó una tetera y se quemó de gravedad? No asistí a su muerte, pero aseguraría que al llegar el fin su último aliento se consumió en una alegre risa. ¿Por qué?
Autor : Stapledon Olaf
 
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