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Comentario
Por un instante él creyó que era una ceguera temporal, aquella súbita oscuridad que
sobrevino en la mitad de una tarde radiante.
Debe ser ceguera, se dijo. ¿Era posible que el sol que me estaba bronceando se hubiese
apagado instantáneamente, dejándome en las más profundas tinieblas?
Luego los nervios de su cuerpo le dijeron que estaba de pie, a pesar que sólo un
segundo antes estaba cómodamente sentado, medio reclinado en una hamaca de lona, en
el patio de la casa de un amigo en Beverly Hills. Y hablando con Bárbara, su novia, por
más señas. Mirando a Bárbara... la cual vestía un traje de baño... su tez tenía un tono
dorado bajo la alegre claridad solar. Estaba hermosísima.
Él también llevaba traje de baño. Pero a la sazón no lo notaba; la ligera presión del
cinto elástico ya no se dejaba sentir sobre su cintura. Se llevó las manos a las caderas.
Estaba desnudo. Y de pie.
Lo que le había ocurrido era algo más que el paso a unas súbitas tinieblas o a una
ceguera repentina.
Levantó ambas manos con precaución y palpó una superficie lisa y suave, una pared.
Las separó y por ambos lados alcanzó a un ángulo. Giró lentamente sobre sí mismo. Una
segunda pared, luego una tercera, luego una puerta. Se hallaba en una especie de armario
de poco más de un metro cuadrado.
Con la mano encontró un picaporte. Comprobó que se movía y consiguió abrir la
puerta.
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