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Comentario
Durante cinco sábados seguidos, por las mañanas, Ginnie Maddox había jugado al
tenis en las pistas del East Side con Selena Graff, compañera suya en la clase
de la señorita Basehaar. Ginnie pensaba francamente que Selena era la más boba
de toda la clase-en la que abundaban ostensiblemente las bobas de marca mayor-,
pero al mismo tiempo no había nadie como Selena para traer continuamente nuevas
cajas de pelotas de tenis. Su padre las fabricaba, o algo por el estilo. (Una
noche durante la cena, para ilustración de toda la familia Maddox, Ginnie había
evocado la visión de una comida en casa de los Graff; la escena suponía un
criado perfecto que servía a todos por la izquierda, aunque en lugar de un vaso
de jugo de tomate dejaba una lata de pelotas de tenis.) Pero esta historia de
dejar a Selena en su casa con un taxi después del tenis y luego cargar-en cada
ocasión-con el pago de todo el importe del viaje, era algo que a Ginnie le
estaba alterando los nervios. Después de todo, la idea de coger un taxi en lugar
del autobús había sido de la propia Selena. Y ese quinto sábado, mientras el
taxi arrancaba dirigiéndose hacia el norte por la avenida York, Ginnie dijo de
pronto:
-Oye, Selena...
-¿Qué?-dijo Selena, ocupada en tantear con una mano el suelo del taxi-. ¡No
encuentro la funda de mi raqueta!-se lamentó.
Pese a la templada temperatura de ese mes de mayo, las dos chicas llevaban
abrigos sobre sus shorts.
-La guardaste en el bolsillo-dijo Ginnie-. Escúchame ahora...
-¡Oh, menos mal! ¡Me has salvado la vida!
-Oye-dijo Ginnie, a quien no le interesaba la gratitud de Selena.
-¿Qué?
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