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KALPA IMPERIAL - EL IMPERIO MAS VASTO


 
Comentario
RETRATO DE LA EMPERATRIZ —Si —dijo el narrador—, yo la conocí a la Gran Emperatriz, y porque la conocí les digo que los que la alaban y la lloran, los que escriben la crónica de su vida y sus hechos, los que cantan su memoria, no llegan a hacerle justicia. Y que es probable que no lleguen nunca, porque ella fue mas grande que todos esos versos y esas endechas y esos capítulos en los libros de historia. No era joven ni hermosa ni letrada; tenia mal genio, era testaruda, brusca y áspera. Pero yo se que fue lo que la hizo tan grande. Fue la sabiduría que consiste en ver las cosas de una manera distinta y en aplicar lo que aprendía de una manera distinta. Y no es que nadie le hubiera dado lecciones jamás: no se educo Abderjhalda en los salones de los palacios ni en los colegios cerrados para jóvenes nobles sino en la calle. Y cuando hablo de la calle hablo de tugurios siniestros, hablo de agujeros promiscuos, viviendas colectivas; hablo de ruinosas casas de negocio con vidrieras empanadas y clientes furtivos, cafés a los que ningún hombre sensato hubiera entrado para pedir un vaso de agua, hoteluchos en donde la gente pasaba una noche apiñada y en cuyos sótanos se podía enterrar a más de uno que amaneciera con Ja garganta cortada accidentalmente. Allí nació, allí creció, allí aprendió: quizá ésa sea la más conveniente escuela de gobierno. Adviertan ustedes que digo gobierno y no digo poder. Bah, el poder, decía ella y torcía el gesto, solamente el que se olvida del poder gobierna bien, decía. Y era cierto. Ella olvidó el poder que tenía, que era muy grande, y el poder, abandonado, desdeñado, la cortejó y la buscó y se le brindó como una mujer fácil a un hombre bello y rico. Pero ella lo despreció una y otra vez y lo obligó a quedarse a las puertas del palacio, como un mendigo. Cualquiera podía acercarse a ella, cualquiera podía entrar al palacio y hablarle, que como ella no dependía del poder, no tenía miedo ni usaba el protocolo ni las ceremonias. Fue la primera ocupante del trono imperial en siglos y siglos que no tuvo un cuerpo de guardia personal, la primera que salió a la calle sin custodia, sin hombres armados a su alrededor, sin nada, en una silla de manos como una mujer rica, o a pie, como la mujer de un artesano o de un empleado. Así la conocí yo. Yo era entonces un muchacho muy joven, casi un chico, y empezaba a contar cuentos en las plazas y en las esquinas de la ciudad capital. Nadie me conocía, nadie me había ofrecido siquiera un tinglado en las afueras para que contara ahí lo que tenía que contar. No soñaba con el futuro, no deseaba estar donde estoy ahora, sentado sobre almohadones que están sobre alfombras que están sobre pisos de mármol, paseando los ojos sobre los vitrales y las cortinas y las lámparas de cristal mientras recuerdo lo que voy contando. No saboreaba las reverencias y los murmullos que me acompañan cuando entro al Pabellón Principal. Contaba cuentos en las calles, eso era todo lo que hacía. Cada día, eso sí, cada día se reunía más gente a mi alrededor; y cuanta más gente había mejor hablaba yo, más seguro y contento me sentía, más colores, escenarios, hombres, paisajes y batallas tenía para describir. Y al otro día había más gente, y al otro día más aun, y cuando ya la policía protestaba porque no se podía pasar por las calles en las que yo contaba cuentos, tuve que irme a la Plaza de los Reinos del Norte, y al poco tiempo a la Plaza del Mercado. Me faltaban tres años para cumplir los veinte cuando un día se detuvo un coche al borde de la plaza. No me llamó la atención: ya estaba acostumbrado a que magistrados o militares o grandes señoras o familias enteras llegaran en coches y vinieran a sentarse cerca de mí. Una mujer bajó y yo ni siquiera la miré y seguí hablando. Contaba la historia, la verdadera, no la que se fraguó después, de la maldición de Ervolgerd IV, aquel Emperador de la dinastía de los Vlajanis que después de muerto protegió a sus amigos y se vengó atrozmente de sus enemigos, aquél que volvió loco a su asesino y lo obligó a mutilarse a las puertas del palacio, frente a los ojos espantados de todos los que se habían reunido a oírlo gritar su delirio.
Autor : Gorodischer Angelica
 
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