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KALPA IMPERIAL - LA CASA DEL PODER


 
Comentario
Dijo el narrador: —Ahora que soplan buenos vientos, ahora que se han terminado los días de incertidumbre y las noches de terror, ahora que no hay delaciones ni persecuciones ni ejecuciones secretas, ahora que el capricho y la locura han desaparecido del corazón del Imperio, ahora que no vivimos nosotros y nuestros hijos sujetos a la ceguera del poder; ahora que un hombre justo se sienta en el trono de oro y las gentes se asoman tranquilamente a las puertas de sus casas para ver si hace buen tiempo y se dedican a sus asuntos y planean sus vacaciones y los niños van a la escuela y los actores recitan con el corazón puesto en lo que dicen y las muchachas se enamoran y los viejos mueren en sus camas y los poetas cantan y los joyeros pesan el oro detrás de sus vidrieras pequeñas y los jardineros riegan los parques y los jóvenes discuten y los posaderos le echan agua al vino y los maestros enseñan lo que saben y los contadores de cuentos contamos viejas historias y los archivistas archivan y los pescadores pescan y cada uno de nosotros puede decidir según sus virtudes y sus defectos lo que ha de hacer de su vida, ahora cualquiera puede entrar en el palacio del Emperador, por necesidad o por curiosidad; cualquiera puede visitar esa gran casa que fue durante tantos años vedada, prohibida, defendida por las armas, cerrada y oscura como lo fueron las almas de los Emperadores Guerreros de la dinastía de los Ellydróvides. Ahora cualquiera puede caminar por los anchos corredores tapizados, sentarse en los patios a escuchar el agua de las fuentes, acercarse a las cocinas y recibir un buñuelo de manos de un ayudante gordo y sonriente, cortar una flor en los jardines, mirarse en los espejos de las galerías, ver pasar a las camareras que llevan cestos con ropa limpia, tocar con un dedo irreverente la pierna de una estatua de mármol, saludar a los preceptores del príncipe heredero, reírse con las princesas que juegan a la pelota en el prado; y puede también pararse a la puerta de la sala del trono y esperar su turno simplemente, para acercarse al Emperador y decirle, por ejemplo: —Señor, a mí me gusta mucho el teatro, pero en mi pueblo no hay ningún teatro. ¿No te parece que podrías mandar que construyeran uno? Probablemente Ekkemantes I se sonreirá porque a él también le gusta mucho el teatro y se pondrá a hablar con entusiasmo de la última tragedia en verso de Orab'Maagg que se estrenó en la capital hasta que alguno de sus consejeros le haga notar con una tosecita discreta que no puede pasarse una hora charlando con cada uno de sus súbditos porque entonces no le va a quedar tiempo para gobernar. Y probablemente el buen Emperador, que parece hecho sólo para la sonrisa y el gesto bonachón pero que supo empuñar las armas y manejarlas como el ángel de alas negras de la guerra cuando se trató de aniquilar en el Imperio la codicia y la crueldad de una casta maldita, le conteste al consejero que charlar una hora con cada uno de sus súbditos es una manera de gobernar, y no de las peores, pero que el señor consejero tiene razón y que para no perder más ese tiempo tan valioso, redacte el señor consejero un decreto que el Emperador firmará, en el que se mande construir un teatro en el pueblo de Sariaband. También es posible que el consejero abra mucho los ojos y diga: —Señor, la construcción de un teatro, aun la de un teatro de un pueblo tan pequeño, es una empresa cara
Autor : Gorodischer Angelica
 
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