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Comentario
inmóvil como las restantes máquinas. Campos contempló intrigado el silencioso campamento. ¿Qué habría
ocurrido? ¿Por qué esa brusca cesación de actividades?
—No se nota nada sospechoso, jefe —informó por radio a su superior—. ¿Las ve usted? —Hizo girar
la cámara televisora para proporcionarle al otro una visión completa.
—¡Qué extraño! El detector sigue sin dar señales de averías. ¡Una huelga de máquinas! ¿Qué me dice
usted? Vaya a echarles un vistazo, mientras llegan los cibernéticos. Quizá se trate de una nueva forma de
sabotaje Una huelga de máquinas. Efraín Campos no pudo evitar una sonrisa al meditar en la comparación. Poco
entendía de mecanismos automáticos y, en más de una ocasión, había reflexionado en la multitud de
problemas obviados con la utilización, en la última década, de máquinas autómatas en las obras camineras.
Antes, a pesar del riguroso control estatal, los obreros se amotinaban dejando paralizadas las faenas, sin
miedo a las posibles represalias. Pero eso ocurría cuando las máquinas necesitaban de un técnico que las
manejase. Ahora todo se controlaba desde los centros ejecutivos, situados por lo general a mucha distancia
del lugar del trabajo. Como en el caso actual, por ejemplo: la central, emplazada a trescientos kilómetros
de allí, constituía además la población más próxima, porque esa vasta región, destinada a reserva forestal,
era prácticamente un desierto. Los obreros de carne y hueso habrían elegido, precisamente, un lugar así
para sus fechorías. Efraín Campos, al ver como la transcontinental se iba alejando de los centros poblados,
pensó muchas veces en qué ocurriría si las máquinas, por alguna desconocida falla mecánica, se parasen.
Nada, excepto la falta de combustible, siempre calculado para una duración de semanas, o una avería de
los complicados mecanismos, podía paralizar una máquina. Pero esa tarde, menos de una hora antes, el
equipo caminero, en forma imprevista y hasta el momento inexplicable, se detuvo.
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