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LA ASCENSION SECRETA


 
Comentario
La luna rosada alienígena escudriña el interior del apartamento de Philip K. Dick en Santa Ana (California). Corre el año 1982 (aunque es posible que no se trate del 1982 descrito en casi todos los libros de historia), y Dick acaba de sufrir un fulminante ataque de apoplejía. La luna le enfoca en el suelo dentro de un círculo de luz rosada. Proyecta, de una forma sobrenatural, un arco de superficie lunar sobre su espalda. Cráteres, mares y bahías se ondulan sobre la chaqueta que llevaba cuando el ataque le sorprendió. Todavía la lleva mientras, consciente subconscientemente, yace a la espera de que alguien (un amigo, un vecino, la policía) le encuentre y le conduzca al hospital. Un robusto gato se adentra en el círculo de luz rosada y se sienta junto al hombre caído. El gato maulla una vez, frota con el hocico la frente de Dick, le lame la mejilla con una lengua parecida a un velero húmedo. Al cabo de un rato, el gato trepa con cautela sobre a chaqueta de su amo, avanza por el impreciso mapa lunar y se acomoda en el viscoso pantano superpuesto en la región lumbar de Dick para echar una siesta invernal. Febrero, piensa la semiinconsciente víctima del ataque, es una época muy jodida para morir... Pasados unos segundos, diminutas máquinas ocultas en la sangre del escritor caído empiezan a construir un simulacro, en parte corporal y en parte astral, a fin de almacenar su mente y sus recuerdos. Yen parte capullo también, piensa Dick, notando el zumbido en sus venas. Esto es muy raro. Es jodidamente raro. Su segundo yo es una especie de fantasma material, que surge desnudo como un gusano y tembloroso del cuerpo mortal del escritor. Tan veloz, silenciosa e imperceptiblemente sale Philip K. Dick 1 de Philip K. Dick 2 que Harvey Wallbanger, el gato, ni siquiera se mueve. Los demás gatos del apartamento tampoco se enteran. Dick 2 tiene la impresión de que alguien se ha dejado abierta la puerta de un congelador, y contempla a su yo caído con estupefacta compasión. —Pobre bastardo —dice—. Siempre te pasan chuminadas como ésta. Ha vuelto a ocurrir. Dick 2, un fantasma tangible, sabe que nanoordenadores intangibles inmersos en el sistema circulatorio de Dick 1 utilizaban ese cuerpo como modelo de su propia y maravillosa forma. La piel resurrecta de Dick 2 se pone de gallina y el simulacro empieza a temblar, tanto de compasión como de frío. Dick 1 no se ha levantado —nunca volverá a levantarse— y Dick 2, acongojado, le quiere tanto como Dick 1 quiso a sus amigos a lo largo de su vida. Una vida, se da cuenta Dick 2, que ha terminado demasiado pronto. Una vida que, llegada la madurez de Dick, la nefasta política del rey Ricardo transformó en una parodia grotesca. Una vida que Dick 2 deplora mientras tiembla, bañado por la glacial luz rosada de la luna. Ésta es otra ascensión secreta, reflexiona Dick 2. Mi segunda y jodida ascensión secreta. Comprendo, una vez más, que este mundo es irreal, y que por encima o más allá de él mora una Entidad oculta pero bondadosa que desea quitarnos las vendas de los ojos. Aunque estamos ocluidos, esta Entidad quiere que veamos, a través de nuestra oclusión, la realidad eternamente pertinente... El tiempo y el espacio son meras ilusiones, se dice Dick 2, acercándose a un armario ropero para buscar algo con que cubrir su desnudez. Lo que Dick 2 desea de momento no son profundas disquisiciones ontológicas, sino calor. Cuando abre la puerta del armario, descubre que la parte astral de su cuerpo puede golpearse con las formas sólidas de este mundo. ¿Y por qué no? Si el mundo de Dick 1 es irreal, ¿por qué no ha de poder un fantasma, la mismísima esencia de la irrealidad, en suma, funcionar en su seno? Ya lo creo que puedo funcionar, piensa Dick 2, el prefantasma del todavía vivo Philip K. Dick. Al menos, por un tiempo. Hasta que la Entidad invisible nos retire su apoyo... El prefantasma rebusca en el armario como la encargada de los accesorios en el baúl de una compañía teatral. Lo único que quiere es calentarse. Arroparse con prendas confortables que no supongan ninguna declaración de principios, excepto, tal vez, que no es partidario de un sentido frívolo del estilo. Por fin, se decide por unos pantalones desgastados, una camisa de dril holgada y una chaqueta plateada. Es una chorrada de una marca conocida, con una pretenciosa etiqueta de diseño, pero Dick 1 la compró por puro capricho, porque necesitaba una chaqueta y le gustó su corte deportivo, y él, Dick 2, se la ciñe con placer en cuanto termina de ponerse los pantalones y la camisa. Falta la ropa interior
Autor : Bishop Michael
 
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