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| Comentario
Louis Peyton había burlado a la policía de la Tierra en una docena de duelos de ingenio y alarde, con la
amenaza de la psicoprueba siempre aguardando, pero siempre frustrada. En sus momentos de mayor
satisfacción, le venían ganas de dejar un testamento para abrir después de su muerte, en el que se viera bien
claro que sus continuos éxitos se debían a su habilidad y no a la suerte.
En ese testamento diría: «No se puede trazar un plan para encubrir un crimen sin que aparezca en él
alguna huella de su creador. Así que es preferible buscar en los acontecimientos algún plan ya existente y
ajustar entonces a él tus propias acciones.»
Con ese principio en la cabeza fue como Peyton planeó el asesinato de Albert Cornwell.
Cornwell negociaba con cosas robadas. Un día se acercó a Peyton, el cual se hallaba en su
acostumbrada mesa individual del Grinnell.
—Señor Peyton —dijo saludando a su futuro asesino sin el menor presentimiento—, cuánto me alegro
de verle. Casi había perdido las esperanzas, señor.
Peyton, a quien le molestaba que le interrumpieran mientras leía el periódico y tomaba el postre en el
Grinnell, dijo:
—Si tiene algún asunto que tratar conmigo, Cornwell, sabe dónde encontrarme
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