 |
|
| Comentario
Vivía yo entonces en el piso segundo, y tenía por vecino, en el primero, a don
Andrés García, fiscal de profesión, figura arrogante, con muchas canas en la barba, el
más buen mozo de cuantos vestían toga con vuelillos en la Audiencia: un hombre, en fin,
que realizaba en su aspecto fisico ese ideal de la justicia serena, majestuosa e imponente.
Todas las tardes, al bajar la escalera, oía los mismos gritos a través de la puerta:
«Pillín! ¡Vida mía..., rey de los pillos! ... ¡Ven aquí, príncipe de Asturias!»
Era la familia, que se entregaba en cuerpo y alma al culto de su ídolo. El fiscal, que
acababa de llegar hambriento, anonadado por sus derroches de elocuencia que enviaban
gente a presidio, abrazaba a su mujer, y ambos reían y gritaban como unos locos en tomo
de la niñera, que mantenía en sus brazos al tirano de la casa, al único señor, a Pillín, un
granuja que apenas tenía un año y a quien bastaba un leve grito para que los padres
palideciesen de inquietud y las criadas corriesen aturdidas, no sabiendo cómo cumplir a
un tiempo tantas órdenes contradictorias.
¡Vaya un matrimonio especial! La mujer era casi una niña, una señorita algo boba
que aún no había salido de su asombro al verse madre. Miraba a su marido con respeto:
era tímida, de carácter dúctil, y como siempre sucede en los matrimonios desiguales por
la edad, donde la amistad suple al amor, don Andrés era padre y esposo a un tiempo,
cuidando tanto de la madre como del niño.
| |