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Comentario
La ciudad esperaba desde hacía veinte mil años.
La ciudad esperaba con sus vidrios y negras paredes de obsidiana; y sus altas torres y sus desnudas
torrecillas, con sus calles desiertas sin papeles ni huellas digitales. Esperaba... y el planeta daba vueltas en el
espacio alrededor de un sol blanco y azul, y las estaciones pasaban del hielo al fuego, y otra vez al hielo, y
los campos verdes se convertían en prados amarillos.
Y en la mitad del año veinte mil, la ciudad dejó de esperar.
Una nave apareció en el cielo.
La nave pasó rugiendo sobre la ciudad y fue a posarse a treinta metros de las paredes oscuras.
Unas botas aplastaron las hierbas delgadas y unos hombres hablaron:
—¿Listos?
—Muy bien. En marcha hacia la ciudad. Jensen, usted y la patrulla de Hutchinson vayan adelante. Y
tengan cuidado.
En las negras paredes se abrieron narices ocultas, y una tromba de aire, uniformemente aspirada, entró
en lo más profundo del cuerpo de la ciudad, por los canales, los filtros y los recolectores de polvo, hasta
unas delgadas y sensibles membranas y bobinas, plateadas y brillantes. Una y otra vez se repitieron las
inmensas succiones; una y otra vez unos cálidos vientos llevaron los olores del prado a la ciudad.
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