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Comentario
La enorme fama de Wilkie Collins (1824-1889) no lleva más de dos o tres décadas en el
mundo de habla castellana. Esta novela de seiscientas páginas es al mismo tiempo un
relato policial, una historia de amor y un libro de aventuras, en síntesis cabal. Casi no
puede darse aquí una idea del argumento sin estropear al potencial lector el suspenso, que
es magistral. Digamos sólo que se narra aquí una terrible conspiración para matar en vida
a la hermosa Laura Fairlie, por parte de Sir Percival Glyde, un cazadotes, y de su extraño
cómplice el Conde Fosco; conspiración que intentan desentrañar primero, y revertir
después, la hermana de Laura - Marian- y su antiguo enamorado, Walter Hartright. Pero
¡qué pobre y esquemática resulta esta sinopsis, comparada con la riqueza argumental, la
plenitud de la intriga, la magnitud del rompecabezas, la extensión del horizonte narrativo
y la proeza analítica de la novela!
Los puntos de vista narrativos
La excelencia de este relato se apoya en el más elemental y antiguo de los fundamentos
del género: en una buena historia; en una historia apasionante, a decir verdad. Pero su
mayor novedad formal, la que constituye su alma y su estructura misma, es la
multiplicidad de las voces o de los puntos de vista narrativos. La historia es contada por
una secuencia de varios testigos, que son también protagonistas, en primera persona.
Ningún relator sabe más de cuanto su protagonismo le permite saber, con lo cual estamos
lejos del pesado narrador sabelotodo de un Dostoiewski o de un Balzac (por mencionar
dos grandes contemporáneos de Collins).
Muchas son las virtudes de este procedimiento, por entonces bastante original, y que
incluso después, con el correr del tiempo, pocos autores han usado con tanta propiedad.
Por de pronto, la alta intensidad dramática de los hechos queda sabiamente atemperada
por el tono informativo de estas voces; a ratos se bordea el peligro de lo sentimental, pero
sin caer casi nunca en él. Por otra parte, los mejores caracteres del relato se definen no
sólo por la acción y por el diálogo, sino también a través de su propio acto de narrar; cada
uno se retrata también por lo que escribe - y por la manera como escribe- en su testimonio
correspondiente
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