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Comentario
—¿Vladimir? ¿Vladimir?
Transcurrieron cinco eternos segundos.
—Todo en orden, profesor.
La respuesta llegó como un murmullo casi inaudible.
—¡Felicitaciones, Vladimir! ¡Felicitaciones! Todo el mundo lo felicita por mi
intermedio. Es usted el héroe máximo de la humanidad.
—Gracias, profesor. Todavía me parece prematuro. Primero tengo que regresar, ¿no?
El hombre, luego de quitarse las correas de seguridad, se aproximó a la ventanilla de
observación. El desierto se extendía hasta lontananza, limitado a la derecha por abruptas
cordilleras oscuras. La ausencia de atmósfera acentuaba los duros contornos del granito. Las
estrellas, desafiando la luz del día, agujereaban la profundidad de un cielo negro, y el Sol,
una ardiente bola de fuego, parecía rodar como una corona de llamas.
Un mundo árido, desnudo de toda vida, acechaba al astronauta. Agudos picachos, en
medio del polvo meteórico, como puntas de lanzas paleolíticas, proyectaban largas y afiladas
sombras. Recién comenzaba el día de dos semanas: pronto el Mar de las Lluvias reflejaría
cien grados centígrados de calor, suficientes para hacer hervir el agua.
¿Qué habría ocurrido con las expediciones anteriores, que alunizaron guiadas por
control remoto? Todas —cada una a su turno— enmudecieron bruscamente. ¿Fueron
destruidas por bólidos? Difícil parecía que una hora después de su arribo hubiesen sido
alcanzadas por aerolitos de tamaño suficiente para destrozarlas.
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