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Comentario
Donde la gran llanura de Tarphet asciende, como el mar por los esteros, entre las
Montañas Ciresias, se levantaba desde hace ya mucho la ciudad de Merimna casi bajo
la sombra de los escarpados. Nunca vi en el mundo ciudad tan bella como me pareció
Merimna cuando por primera vez soñé con ella. Era una maravilla de chapiteles y
figuras de bronce, de fuentes de mármol, trofeos de guerras fabulosas y amplias calles
consagradas a la belleza. En el centro mismo de la ciudad se abría una avenida de
quince zancadas de ancho y a cada uno de sus lados se alzaba la imagen en bronce
de los Reyes de todos los países de que hubiera tenido noticia el pueblo de Merimna.
Al cabo de esa avenida se encontraba un carro colosal tirado por tres caballos de
bronce que conducía la figura alada de la Fama y tras ella, en el carro, se erguía la talla
formidable de Welleran. El antiguo héroe de Merimna estaba de pie con la espada en
alto. Tan perentorios eran el porte y la actitud de la Fama y tan urgida la pose de los
caballos que se hubiera jurado que en un instante el carro estaría sobre uno y que el
polvo velaría ya el rostro de los Reyes. Y había en la ciudad un poderoso recinto en el
que se almacenaban los trofeos de los héroes de Merimna. Esculpida estaba allí bajo
un domo la gloria del arte de los mamposteros, desde hace ya muertos, y en la cúspide
del domo se alzaba la imagen de Rollory que miraba por sobre las Montañas Ciresias
las anchas tierras que conocieron su espada. Y junto a Rollory, como una vieja nodriza,
se alzaba la figura de la Victoria que a golpes de martillo fabricaba para su cabeza una
dorada guirnalda con las coronas de los reyes caídos
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